El fútbol más auténtico se juega en los campitos. Donde los arcos se hacen con pedazos de ladrillos, con los buzos (sweater) de los jugadores o, en el mejor de los casos, atando tres cañas que se parten en mil pedazos ante cualquier pelotazo nacido de un dedazo.

Donde el reconocimiento para el jugador más habilidoso no es una medalla o trofeo, sino los moretones que le salen en la zona de la pierna comprendida entre los tobillos y las rodillas.

Donde algunos jugadores pueden meter cinco, nueve, doce goles o más, pero la pelota siempre se la lleva el dueño, que por lo general juega mal y en el equipo que pierde. Es recurrente que éste se caliente antes de terminar el partido y, con los cachetes colorados y con los ojos vidriosos por la rabia, se lleve la guinda hasta el otro día que se le pasa el enojo para, una vez más, iniciar el ciclo.

Donde no hay ni blancos ni negros, todos son marrones por la tierra que se levanta en cada tranque o caída y se pega en la piel sudada de los jugadores.

Donde el partido termina –si el dueño de la pelota no se enojó antes- cuando ya no se ve porque se fue el sol o porque la vieja llamó a hacer los deberes.

Donde los goles se festejan abriendo los brazos ante una multitud que no existe, recibiendo –con suerte- como muestra de reconocimiento el “¡bien ahí!” de algún compañero, porque en el campito, es muy probable que mientras vos festejas tu gol ya se hayan convertido un par más, porque ahí si hay algo que no se pierde es tiempo.

Donde no hay arbitro y mucho menos tarjetas, no son necesarias, el fútbol del campito es democrático y sin autoritarismos, las jugadas polémicas se debaten a los gritos, empujones y, en los casos más extremos, se dirimen a trompadas, mano a mano, con algunos separado y otros tantos dando “púa”.

Donde los menos juegan con calzado deportivo de marca y la mayoría con las zapatillas de la escuela, en chancletas y el infaltable que juega descalzo y tiene la planta del pie dura como esos jabones de glicerina que se secan al sol sobre las piletas de lavar a mano. En el campito no hay temor a lesionarse pero sí a quedarse sin jugar.

Donde antes de empezar un partido los jugadores pueden mandarse un tazón de leche con cocoa o gofio con un refuerzo de mortadela, bocado que se puede terminar de ingerir ya en la cancha y con la pelota en juego.

Donde al final el Gatorade para hidratarse es sustituido por el agua que brinda la primera canilla que se cruce en el camino.

Donde los muchos que juegan desean con ansias alcanzar el sueño de algún día vivir del fútbol y ser estrellas, sin imaginar que probablemente ellos son la envida de los pocos que ya lo lograron concretar.

*Foto: Martín Otero

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Escrito por

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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