Nací en un lugar de planicies verdes y horizontes desaforados. Desde que tengo memoria, recorrí caminos desolados, dentro de una esfera ilimitada donde confluían todas las causas, circunstancias y vivencias.

Desde el pánico silencio de las tardes hasta la efímera arquitectura de las nubes, las hierbas olvidadas al borde de un camino, la piel de galaxias de los árboles, campos arados con intrincados criptogramas, solo descifrados por el ojo de los dioses, las cercas de madera carcomidas, las parvas de trigo amorosamente esculpidas por mi padre, la ropa gastada y rota de mi padre, el olor de pan recién horneado, las tormentas que bombardean el Cosmos y licuan los paisajes, el luminoso coro de las noches de verano, el misterio de las bandadas de pájaros borrándose en distancias, los monumentales árboles vigilantes como dinosaurios sedentarios, la gran mirada de los amaneceres brumosos, la peripecia de una vida hecha de libertad, pobreza y perfumes vegetales, me elevaron a contemplar todas las cosas con un sentimiento sagrado.

Y así, ante tan grande deslumbramiento, comencé a dibujar, siendo un niño con una intuición salvaje, tratando de iniciar un diálogo con el Cosmos, de reverenciar lo más efímero e insignificante hasta los espectáculos apocalípticos que despliega el universo y nos abruma, convirtiéndonos en un pequeño eco que cabe en nuestro puño. Y poblé mis imágenes con escaleras que llegaban hasta las galaxias, por donde se iban mensajeros y volvían con más preguntas.

Y así fui poblando arboles líquidos con seres levitantes que llevaban el secreto de cada hoja, y el teorema de las luces y las sombras y ciudades de seres silenciosos envueltos en melodías orbitales y nieblas de cometas y metamorfosis de osamentas que ascendían hasta el misterio de los planetas, y ángeles con trompetas de sonidos azules, que anunciaban la eterna renovación de nuestras versiones y nos incitaban a la autopsia de los sueños.

La vida ha transcurrido y me despierto cada día con más deslumbramiento, ansioso de dibujar galaxias de tinta, campesinos que guardan secretos milenarios, arquitecturas que esconden ceremonias que nos guían hacia la armonía eterna donde nos transformaremos en cada cosa y en todas las cosas a la vez.

Quiero seguir aquí, escondido del mundo, descifrando los códigos del tiempo, sin tratar de innovar nada, alabando amaneceres, disfrutando la melodía de las esferas, hasta que un día me transforme en un perfume de jazmín o en una semilla que la lleve un viento de primavera, y germine en el lugar más olvidado, hasta que pase un peregrino descalzo y le dedique una palabra, una sola palabra que abarque el todo.

Por Nelson Romero

Foto: Marín Otero

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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