Terminaron las olimpiadas de Río de Janeiro y se podría decir que ya nadie se acuerda de ellas. Si le preguntan al seguidor de deportes promedio, al mencionar olimpiadas se le viene a la cabeza los nombres del velocista jamaiquino Usain Bolt o del nadador estadounidense Michael Phelps. Otros, en Uruguay, recordarán la medalla de plata conseguida por el ciclista Milton Wynants, pero seguramente si los apurás y preguntás en qué edición del mega evento del deporte la consiguió, me juego la cabeza que muchos ya se olvidaron.

Ahora, si me preguntan a mí, ninguna edición de los juegos va a poder igualar a las Olimpiadas que hacíamos con los pibes de mi querido barrio Colón en complicidad con el INVE 3.

Cuando teníamos 10, 11, 12 años de edad no parábamos de inventar cosas para quemar las horas de nuestra existencia, y si podíamos hacer de eso algo que generara rivalidad en el grupo, mucho mejor. Fue así que incentivados por Barcelona 92 decidimos organizar las primeras olimpiadas barriales.

Las jornadas se disputaban los sábados y domingos desde las 9 de la mañana o a las diez y media si alguno se enganchaba más de la cuenta con Cine Baby.

Las medallas las hacíamos con las tapas plásticas de las baterías para autos, que como mi abuelo Amalio era el dueño del taller Chacón, no se nos hacía difícil conseguirlas; había de color negro que eran las de Bronce, las blancas eran Plata y las amarillas  las tan preciadas preseas de Oro. Les hacíamos un agujerito con un alambre caliente, le poníamos masilla por atrás para darle consistencia, y le pasábamos un hilo rosado fuerte, espantoso, que mi viejo utilizaba para coser las bolsas de cebollas que después vendía en el Mercado Modelo de Montevideo.

Las “delegaciones” se conformaban por duplas. Por ejemplo, yo competía junto a mi hermano Víctor y éramos Japón. ¿Por qué Japón? Ni idea, ni siquiera sabíamos bien dónde quedaba ese país del que solo sabíamos sus habitantes tenían los ojos como los chinos y su bandera un círculo rojo en el centro. Siempre se armaban encendidos debates a la hora de optar por un país para defender, porque todos queríamos ser Uruguay. Un día se nos fue la mano y terminamos a las piñas, desde ahí establecimos que nadie representaría a la delegación charrúa.

Villa Olímpica
Villa Olímpica

Disciplinas:

  • Maratón

Se disputaba en el circuito comprendido por las calles Miguel Barreiro, Atilio Pelossi, Dr. Pieri y Dr. Nery Arriaga en sentido horario. Eran ocho vueltas y quedaba eliminado aquel que abandonara o el que dejara de correr y siguiera caminando. Siempre se dijo que algunos aprovechaban la soledad de calle Pieri a pocos metro de Arriaga para dar algunos pasos caminando (algo tan grave como dar positivo en el control antidoping) pero dichas denuncias nunca fueron comprobadas.

  • Carrera de velocidad

La pista era la calle Miguel Barreiro. Se largaba en la intersección con calle Atilio Pelossi y la llegada era en Chucarro, que viene a ser como la continuación de calle Arriaga. No había cronómetro ni nada, el que llegaba primero era oro, el segundo plata y el tercero bronce. Nada de calentarse mucho la cabeza con tiempos y promedios. Por lo general no ganaba el más rápido, sino el más resistente, dado que las largadas estaban llenas de polémica y por lo general se largaba muchas veces, hasta que ya no había ninguna objeción por parte de los participantes o testigos, pibes de otros barrios o mayores que lo único que hacían era conspirar contra la organización del evento.

  • Posta

La pista era idéntica a la utilizada en la carrera de velocidad, solo que en este caso largaba uno de los integrantes de la dupla y a mitad de camino le pasaba un palito (testimonio) que cortábamos de los árboles que había a mitad de cuadra, bajo los cuales nos sentábamos a descansar entre competencia y competencia.

  • Ciclismo

Era una de las pruebas más exigentes y la disparidad vehicular era terriblemente graciosa. Algunos montaban en sus BMX, otros en una bici de carrera, una Graciela de mujer, una negra antigua que otro le robó al padre y cosas por el estilo. Había varios accidentes  porque muchos andaban al palo y sin frenos. El “Tizón”, la mascota de la familia Montes de Oca, un cuzco negro con los dientes para afuera, era un obstáculo a sortear por los ciclistas. La pista era la más grande y la comprendían las calles: Miguel Barreiro, Av. Rivera, Nicolás Guerra, Santiago Vázquez y se volvía a transitar por Barreiro. Eran cinco vueltas y los que no competían hacían el aguante desde “el campito” que aún hoy está en la intersección de calles Barreiro y Arriaga, que venía a ser el corazón de aquella “villa olímpica”.

  • Lanzamiento de Jabalina

Era uno de los deportes que más dejaba en evidencia nuestra pobreza franciscana y sacaba a relucir nuestras dotes de “indios” que nos adjudicaban los adultos del barrio. La jabalina era  una caña tacuara a la que en la punta le poníamos un clavo atado con alambre, tal y como dice la canción de Ignacio Copani. Las primeras eran con la tacuara, pero en lugar del elemento metálico se le ponía una punta de espina de palmera, hasta que una vez un guacho se atravesó en la trayectoria de la jabalina y ésta se le clavó en la pierna. Fueron unos dos centímetros del pedazo de vegetal seco se le empezó a ir por debajo de la piel, lo que motivó su envío inmediato al hospital, y la prohibición permanente de su madre de seguir compitiendo. El escenario donde se disputaban estas pruebas era “el campito” del que hablamos anteriormente, y en una ocasión (batiendo record) una de las puntiagudas jabalinas fue a dar contra el contador de doña Elvira, una vecina que vivía cruzando calle Arriaga. Después de tan gloriosa manifestación deportiva, se suprimió del programa oficial, dado que se entendió que representaba un riesgo tanto para competidores como para terceros.

  • Natación

En algún momento se evaluó llevarla a cabo en el arroyo Mallada que era el curso de agua más cercano, pero alguien le fue con el cuento a alguna madre y esta prohibió de manera tajante tal posibilidad. Fue así que esa locación pasó a ser de mero divertimento en las tardes de verano cuando el sol picaba fuerte sobre nuestras infantiles cabezas.

  • Levantamiento de Pesas

Las estructuras a levantar eran armadas con un fierro que “el Kala” tenía en el fondo de su casa, al que se le incorporaba por los extremos dos latas de pintura vacías que eran rellenadas con cemento portland que lee robábamos al “Carloncho”, progenitor del Kala. Como las pesas nunca quedaban lo suficientemente pesadas, se decidió que ganaría aquel que más veces las pudiera levantar. Se podría decir que con unas 30 levantadas mínimo la medalla de Bronce te colgabas en el cogote.

  • Fútbol

Indudablemente este deporte se practicaba en “el campito” de las calles Barreiro y Nery Arriaga. Como cada delegación estaba compuesta por solo dos integrantes, en esta disciplina se estableció la fusión de dos países. De esa forma quedaban equipos de 4 jugadores: 1 al arco y los tres restantes jugaban en toda la cancha. Los palos de los arcos eran hechos con piedras y pedazos de ladrillos que andaban a la vuelta, porque cuando se ponía un buzo o sombrero era recurrente que se armaran grandes escaramuzas porque la pelota los movía con facilidad y ponía en duda la autenticidad de los goles convertidos o que parecían haber sido. El travesaño hasta ahora lo debemos, aunque justo es reconocer que por fuera de las “olimpiadas del barrio” sí se llegaron a armar arcos de caña que se desarmaban o partían recurrentemente con un pelotazo medio fuerte que se estrellara en alguno de los postes. También hubo arcos fabricados con palos más resistentes, pero en las noches desaparecían, y una vez una de las estructuras fue utilizada como leña para que “El Nana” estofara una liebre que con sus perros galgos había cazado en unos campos de Camino al Carretón.

  • Rechace

Lejos de ser una disciplina olímpica real, este deporte nos permitía la disputa de otra presea de oro sin la necesidad de tener que fusionarnos con otra delegación, dado que se jugaba en parejas. La cancha era idéntica a la de fútbol. Las parejas se ponían frente a frente y trataban de meter el gol en el arco contrario, pero sin poder cruzar la mitad de la cancha. El rival tenía que tratar de “no dar rebote”, porque esa era la gran oportunidad para que los de enfrente les convirtieran. Acá era común que se terminara a las piñas, haciendo honor cero al fair  play.

La jornada estaba compuesta por varias horas de competencias, y se terminaba cuando nuestras madres, a los gritos, nos llamaban para el sagrado almuerzo de los domingos. Ahí nos despedíamos hasta el siguiente fin de semana, como ahora yo me despido de usted estimado lector.

Ah, la última medalla que ganó Wynants para Uruguay fue en los Juegos de Sídney 2000, hace ya 16 años, aunque parezca que fue ayer…

Esto lo escribió: César Reyes

 

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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