Agosto 2007. En algún momento, sinceramente no me acuerdo cuándo, habíamos decidido ir a Polonia.

Era un destino que estaba por fuera del viaje académico. Otros optaron por ir a Croacia, Estonia, y lugares cercanos. Nosotros optamos por Polonia por el hecho de tener cobertura en el seguro de “La Camio”, cosa que no pasaba con muchos países de Europa del Este.

El lunes 27 de agosto levantamos nuestro campamento en Berlín, con destino a Cracovia. La mañana era lluviosa y salimos sin desayuno. Hicimos la parada técnica en un pueblito a las afueras, pasamos por todo aquello de la puerta descolgada, y retomamos viaje. Teníamos planteado un trayecto de 500km.

El límite entre Alemania y Polonia es clarísimo. No solo por el peaje y los carteles, si vas con los ojos cerrados te das cuenta. Se acabaron las rutas como alfombras y ese deslizarse por el pavimento como una gacela.

Las rutas eran lo más parecido a lo que nosotros conocíamos. Volvimos a las reparaciones de asfalto en los tajos de hormigón, los baches, las banquinas en mal estado, y ese continuo salto entre los paños de las juntas de ejecución.
Leasing volvió a sacudir la cabeza como hacía rato no pasaba, tenías que cuidar de no quemarte al tomar mate y ya no pegabas un ojo tan fácilmente.

Para la noche estábamos en Cracovia tratando de resolver cómo hacernos de “polaquitos”, la moneda local. No nos aceptaban Euros en el único hospedaje que encontramos. Un hotel de película de suspenso, con una gran escalera central y con amplios corredores frente a las habitaciones que eran chicas y con cuchetas, y particularmente la nuestra estaba adornada con una rajadura que recorría el piso de monolítico pulido hecho en sitio y el revoque del techo.

Como no teníamos estacionamiento, el azar deparó que Sebiten y Pol tuvieran que pasar la noche durmiendo adentro de “La Camio”.

La mañana del martes 28 de agosto era fresca pero había un lindo sol. Pegamos un desayuno a base de leche chocolatada y rumbeamos hacia Auschwitz. Los carteles que seguimos nos terminaron depositando en Birkenau.
Les voy a contar lo que vivimos, sin entrar en comentarios de lo que fue el hecho en sí mismo durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

Auschwitz fue un complejo formado por diversos campos de concentración y exterminio de la Alemania Nazi, ubicado en los territorios polacos ocupados durante la Segunda Guerra Mundial. Comprendía Auschwitz I, el campo original; Auschwitz II-Birkenau, de concentración y exterminio; Auschwitz III-Monowitz, campo de trabajo para la industria IG Farben; y 45 campos satélite más.

Birkenau fue el mayor centro de exterminio de la historia del nazismo, donde se estima que fueron enviadas cerca de 1:300.000 personas, de las cuales murieron 1:100.00, la gran mayoría de ellas judías (el 90 %), prisioneros de guerra, deportados, gitanos, y otras etnias y/o religiones.

Fue creado en el año 1941 como parte de la Endlösung, “solución final”. Tenía una extensión de 2,5 km por 2 km y estaba dividido en varias secciones, cada una separada en campos. Todo estaba cercado y rodeado de alambre de púas y cercas electrificadas. El objetivo principal del campo no era el mantener prisioneros como fuerza laboral, sino su exterminio. El campo tenía 4 crematorios con cámaras de gas y cada cámara de gas podía recibir hasta 2.500 prisioneros por turno.

Llegamos sobre las 11hs de la mañana. El campo estaba verde y fresco pero a su vez nos acompañaba una brisa que nos helaba y erizaba la piel. Es lo más cerca que hemos estado de un paralelismo psicocósmico real en varios de nuestros sentidos.

El Campo tiene un gran edificio de entrada, como una terminal de trenes. Por el centro del mismo pasa la vía del tren. En los laterales del edificio hay potentes columnas de hormigón y postes de madera con alambres de púas electrificados.

Una vez adentro caminamos por la explanada central. Era un amplio espacio rodeado de los sectores de “cabañas” y “caballerizas” donde se alojaban los prisioneros. Ahí la vía del tren se desparramaba para formar un gran ramal de vías que distribuía los vagones en todo el largo de la explanada.

A nuestros lados estábamos acompañados de torretas de madera donde se colocaban las guardias diarias y nocturnas de las SS. La brisa estaba acompañada de ráfagas de viento que hacían resoplar las tablas, hablar al pasto y traer combinaciones de sonidos, posiblemente de rutas lejanas, que hacían sentir que el entorno nos hablaba.

Mientras más nos adentrábamos más imágenes nos venían a la mente. Cómo sería ese espacio cuando llegaban los trenes cargados de personas y eran distribuidos como objetos de un lado a otro. Algunos eran trasladados directamente a las cámaras de gas donde el SS Otto Moll se encargaba de ellos, otros, los considerados aptos eran separados y “desinfectados” para ser llevados a las instalaciones del Dr. Josef Mengele, y los fuertes eran “desinfectados” también, colocados en cuarentena, y trasladados a servir en las fábricas donde se preparaba el Zyklon B, producto que utilizaban los Nazis para exterminarlos.

No puedo decir cuál de todos corría mejor suerte. Si los que tenían un hilo de esperanza o aquellos que se alejaron de todo el sufrimiento posterior en cualquiera de los 3 destinos iniciales.

Algunas de las cabañas están en pie aún. Adentro estaban distribuidas con grandes cuchetas de tablonada que tendrían de 3 a 4 personas estimo, y al fondo los servicios higiénicos.

Las paredes guardan el recuerdo a gritos de los que pasaron por sus habitaciones, con nombres, paso de los días y pedidos a Dios o a quien fuera su creencia.

Nosotros no podíamos hacer más que ver, tomar fotos, escuchar y caminar. Hacía por lo menos 45 minutos que estábamos recorriendo y no nos hablábamos. Solo nos cruzábamos y si podíamos no nos mirábamos. Tratábamos de contener todo lo que por dentro nos pasaba. Las imágenes que nos venían a la mente, los sonidos que nos acompañaban y parecían transcribir un mensaje.

Seguimos nuestro recorrido hasta casi el fondo del campo. Ahí se ubicaban las cámaras de gas. Hoy en día quedan solo los restos tras el intento de las propias fuerzas de las SS por ocultar lo que hacían ante la inminente llegada de las fuerzas Soviéticas.

Cuando salimos del Campo nos agrupamos alrededor de “La Camio” y nos miramos y tomamos una gran bocanada de aire antes de volver a hablar.

No había mucho para decir, todo lo resumimos en un “estás loco… estás loco”… durante toda nuestra visita la única voz que emitimos fue la del silencio, y decía mucho.

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Escrito por

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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