Existen acciones o hechos que llevamos a cabo en la vida que sabemos que son malos o inapropiados y de los que no queremos ni hablar porque nos dan pena o vergüenza, y lo digo siempre pensando que se efectuaron sin querer o sin tener la intención última del hecho consumado.

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Ferry Fiordo

Otras veces hacemos cosas que no serían las apropiadas y nos jactamos de ellas con humor. Lo que les voy a contar entra más en esta descripción, hechos y acciones que no nos enorgullecen (un poco sí) y de los que a la fecha nos jactamos con humor.

Colarse es algo muy nuestro. No hablo de la colada en la fila de la fiambrería o la panadería, esa colada me parece algo realmente pobre de espíritu de quien realiza el acto. Hablo de la colada que consideramos que “no le hace mal a nadie”, la de entrar gratis a algún lugar o evento.

En nuestro viaje por el mundo repartimos varios de estos hechos. Tratamos de escudarnos en nuestro escueto viático diario para dar justificación a nuestras acciones. Les voy a contar algunas, tal vez las más significativas.

Primero nos daba un poco de miedo. Colarse en el extranjero, sin saber cómo podía ser la reacción del local, era algo que había que hacer de forma medida, consensuada y craneada.

La primer gran colada la hicimos (quisimos) hacer en el tranvía de Hiroshima. Cuando llegó el vagón nos subimos todos por detrás y no pagamos boletos. El maquinista siguió adelante como si nada y nosotros festejamos momentáneamente la gloria. Al llegar a la estación nos esperaba una pequeña comitiva de locales que con mucha cordialidad nos invitaron a pasar por la caja a hacer efectivo el boleto.

Desde ahí nos manejamos con más cuidado, no teníamos muchas opciones.

La siguiente gran arremetida fue en los apartamentos de Paris. Alquilamos apartamentos de un dormitorio habilitado para cuatro personas y nos quedábamos 11. Todas las tardes pasaba alguien de la alquiladora y nosotros ya teníamos todo armado para que nunca pudiera encontrarnos, salvo una vez que cuando llegó éramos seis. Fuimos haciendo la mosqueta entre baño y dormitorio y la visitante nunca notó que si bien siempre vio a 4 personas al mismo tiempo, llegó a vernos a los seis.

Apto. París
Apto París

Con eso le tomamos el gustito.

Las siguientes grandes coladas eran utilizando a “La Camio” como señuelo. Solíamos ser seis a ocho ocupantes, y la estrategia era bajar dos o tres a hacer la gestión de ingreso y el resto quedarse escondido en los huecos de los asientos, tapados con bolsos y camperas.

Para nuestro beneficio, los campinguistas solían mirar por la ventana y hacer un conteo rápido de los ocupantes, y luego nos cobraban los días de estadía según cantidad de carpas a armar y de gente.

Llegamos a Amsterdam el sábado 21 de julio. Sabíamos que en ningún momento podíamos llegar a presentarnos como uruguayos. Es palabra prohibida. La gestión la hicimos como españoles (no sé cómo logramos pasar con nuestros pasaportes). De los seis que éramos en ese momento solo declaramos cuatro personas, los otros dos estaban acurrucados entre ropajes.

Al retirarnos paramos con La Camio frente a la recepción, con nuestro pabellón nacional colgado a la ventanilla de atrás, y tocando bocinazos al son de “vamos Uruguay” nos despedimos de nuestros amigos holandeses.

En Copenhague repetimos fórmula. El único inconveniente fue que aquella tarde del domingo 29 de julio la recepción estaba desbordada de trabajo. Los ocultos dentro del vehículo tuvieron que soportar intensos minutos de mucho calor bajo camperas y bolsas de nylon. Recuerdo escuchar los susurros de “¡no aguanto más! ¡Tengo que respirar!” Finalmente tuvimos éxito y a la noche la recompensa se dio en ñoquis caseros con salsa de tomate.

La fórmula cada vez era más válida y lo transformamos en un axioma. Tanto es así que en los traslados múltiples en Ferry que debíamos hacer para unir las rutas de los Fiordos, los ocupantes se escondían masivamente. Un cruce se hizo declarando solo al chofer y el resto estaba como momia escondido entre todos los huecos que nos eran posibles. Una vez subidos al barco comenzábamos a aparecer como zombies de “la caja verde”.

Con los nórdicos fuimos más jugados todavía. Le sacamos la ficha que los camping cierran a las 20hs y abren a las 9hs, con la aclaración que lo que abren y cierran son solo las recepciones. La puerta principal y las instalaciones sanitarias quedan a disposición de los ocupantes.

Es así que tanto en Noruega como en Suecia aprovechamos ese “regalito” de Odín y usufructuamos al máximo los beneficios que nos brindaban.

Pero como en todo lo bueno siempre hay algo malo, o como dicen los Auténticos Decadentes “tanta alegría seguida me va a hacer mal”

La noche del sábado 15 de setiembre llegábamos a Montechiaro en la Costa Amalfitana, Italia. El viaje había sido muy pesado por lo recorrido, la ruta y el intenso tránsito. Debíamos buscar paradero y nos topamos con unos compañeros de viaje que estaban en un camping a la ladera del Monte en cuestión.

Yo creo que en esa ocasión fue la colada más descarada que pudimos haber hecho. Esa vez 3 integrantes fueron a hacer el registro del vehículo, carpas y ocupantes. Cuando estábamos acreditados y nos disponíamos a entrar, los restantes tres entraron caminando al lado de La Camio usándola como cortina móvil. Ya estábamos en la elite de las coladas.

A la mañana siguiente seguimos nuestra ruta un poco más al Oeste hasta llegar a Sorrento, donde dimos con un camping impresionante, en la ladera de las barrancas de la costa, inundado de árboles densos y de fresca sombra, y con trampolines naturales de piedra que daban al calmo Mar Mediterráneo.

Axioma. Se registran tres y tres escondidos. El recepcionista da el ok y un tano sale a acompañarnos con su Vespa para mostrarnos el lugar. Una vez ahí, los declarados se debían bajar del vehículo, abrir las puertas traseras y empezar a armar el campamento como si nada, para no generar sospechas.

Esto no pasó. El acompañante Tano se quedó a esperar a ver el desarme del equipamiento. Como vimos la jugada hicimos un poco de tiempo hasta que se fuera, pero el maestro ninja apagó la scooter y prendió un tabaquito.

-“Nos cagó el tano… bajemos con cautela para que no se vea el resto de la gente y que no vea toda la carga de La Camio, sino seguro que nos embatata” – fue lo que acordamos.

Así fue, lentamente fuimos desarmando el tetris pero el tano seguía sin irse, y apuro no tenía. Desde adentro se escuchaban respiraciones complicadas, y la duda de los escondidos…“¿¡Bajamos!?

-“No todavía no, aguanten un poco”

-“Es joda, nos bajamos”

-“Nonono, aguanten”

-Todo en susurros.

La situación se tornó insostenible. El tano no se iba a ir hasta que abriéramos todas las puertas, no hubo caso.

Ya visto que nos habían agarrado teníamos que buscar una forma decorosa de blanquear la situación, no podían aparecer tres personas de entre las ropas y bolsos y decirle –“Qué haces che, te andaba buscando”.

Tuvimos un momento de lucidez y sacamos esta historia…

-“Bueno, ¿listos?”

-“Sí, todo ok anda nomás”

-“Ok, voy a buscar a aquellos a ver si ya están prontos”

Y fue así que uno de nosotros salió del camping “en busca” de más acampantes. Paramos a unas dos cuadras, tomaron aire los escondidos, y volvimos al camping a registrar a todo El Bloque 2007.

Los tanos la hicieron bien, como en el fútbol, queda demostrado que tenemos mucho de ellos.

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El Bloque en Sorrento

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Escrito por

Gabelo

Si cualquier día corriente de nuestras vidas podemos vivir un hecho que se convertirá en anécdota, imaginá todas las que podés recabar si das la vuelta al mundo. Eso que parece tan loco Gabelo ya lo hizo por nosotros, y de ahora en más compartirá sus vivencias a través de posteos semanales en semecanta.com

1 Comment

  1. Excelente Marito como siempre, lindo recordar nuestras andanzas juntos por el mundo! Fuerte abrazo.

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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