El día del viejo Amalio –mi abuelo- estaba dividido en dos partes: Antes de la Quiniela y Después de la Quiniela.

Menciono esto porque hoy, regresando de mi trabajo y después de mucho tiempo, por primera vez desde que estoy en Ecuador, me compré un boleto de lotería que en la Av. Eloy Alfaro de Quito estaba vendiendo un viejo bajito con cara de tristeza.

Ya casi no había luz solar y se estaba poniendo frío. El veterano me salió al cruce y me dijo con un inconfundible tono quiteño: – “Lleve, lleve…es el ultimito, acá están los números ganadores”.

A mí no me gusta ver a viejos de determinada edad laburando y menos en la calle, de sol a sol o cagándose de frío, por ende no sé bien porqué compré el boleto, si por lástima del señor o por la esperanza de poder agarrar una buena plata que me permita salir de vacaciones e iniciar algo propio. La verdad que no lo tengo claro, pero acá estoy, esperando a que la página web de la Lotería Ecuatoriana se actualice.

Esperar el futuro a veces te hace rememorar el pasado, o por lo menos así me pasa ahora. Estoy solo en mi departamento, tomando mate y viendo las noticias de reojo en la televisión mientras sigo escribiendo en la computadora. Todo lo que hasta no hace muchos años atrás hacía en compañía de mi abuelo.

Hablar de Quiniela, Tómbola, Lotería, 5 de Oro, Julepe o maquinitas de azar es sinónimo de Amalio. Tal cual como la mayoría de los tipos a los que les gusta mucho el fútbol quedan hipnotizados frente al televisor mientras rueda la pelota,      Amalio reducía su mundo a la radio Panavox portátil y a la cuadernola en la que anotaba los números que iban saliendo sorteados.

Esa era su gran pasión, en principio de lunes a viernes, después se le sumaron los domingos de tarde con el 5 de Oro -es similar a una lotería que en caso de embocar te da mucha güita-, poco después a lo que pasaba de lunes a viernes se le agregó el sábado y posteriormente, como si eso no alcanzara, le mandaron dos sorteos diarios de la Quiniela, el Matutino y el Vespertino. Una locura. Algo insostenible para el bolsillo de un jubilado en Uruguay que a lo largo de su vida laboralmente activa se haya ganado el pan haciendo algo honesto.

Imaginate a alguien que le gusta mucho el fútbol tener que mirar algo así como 13 partidos a la semana, dos de lunes a sábado y el clásico de los domingos, un ritmo como el de la primera fase del Mundial pero de manera constante, todo el años.

El ritual de los sorteos de las seis de la tarde era sagrado. Amalio aprontaba el mate dulce, sintonizaba radio Universal en la Panavox portátil y dibujaba una planilla meticulosamente dividida por casilleros para los números, 20 para los de la Quiniela y una lista extra para los repetidos de la Tómbola.

Desde que el parlantecito comenzaba a transmitir el sonido ambiente de los bolilleros girando en la sala de sorteos que está en Montevideo no se lo podía interrumpir. Hasta el último sorbo del mate tomaba con cuidado para no hacer mucho ruido con la bombilla. La concentración era absoluta. El único que podía hablar era el locutor diciendo publicidades como: “Cambio Zito el cambio del pajarito…” o el famoso “Viene preeeeemmmiooo…”.

Amalio era un radar de la fortuna disimulado en el cuerpo gordo de un veterano de 80 años con pelo y bigote blancos, ya que no solo seguía el resultado por sus jugadas, sino que también estaba pendiente de la suerte de los demás integrantes de la familia.

Dos por tres, los nietos, cuando nos despedíamos de él, nos íbamos diciendo cosas como: “Hoy le juego a la Quiniela”; “El 011 hoy se parte a la cabeza” o “Hay que escuchar la Quiniela que hoy jugué”, inmediatamente después salíamos en la moto por la calle Batlle y Ordóñez, sin llegar a decirle a qué número habíamos jugado, si es que le habíamos jugado a alguno.

En ocasiones la intriga podía más y hasta llegaba a llamarnos por teléfono para sacarse la duda de a qué número le habíamos apostado, pero por lo general se aguantaba hasta que nosotros lo visitábamos en la casa, la pregunta siempre era la misma y antecedía cualquier otro acto como el del saludo por ejemplo: –  ¿Y, sacaste?

-No abuelo, hoy tampoco acerté. – Afortunadamente para él nuestra respuesta casi siempre era la misma, pero cada muerte de obispo se daba que mi vieja, algún tío o nosotros mismos le embocábamos a las tres cifras y ganábamos algo de dinero.

Eso era doloroso para el viejo Amalio. No podía ser que jugadores ignorantes y hasta irrespetuosos en arte del azar apostaran una mísera vez y encima sacaran. Inadmisible. Sentía lo que los futboleros cuando en el SúperMatch acierta la esposa a la que le importa un reverendo carajo lo que pasa adentro de una cancha.

Para él cada sorteo era un culto en los que el profeta de la suerte tenía voz de niño cantor.

Era fácil deducir desde qué momento habían cantado “la cabeza” (primer premio) porque desde ahí, si no había acertado, su letra se volvía más desprolija, nerviosa, como esos niños que dibujan con bronca agarrando los crayones con el puño cerrado.

Del sorteo dependía su estado de ánimo por el resto de la jornada. Si sacaba se quedaba hasta más tarde levantado, hacía chistes y hasta bajaba del ropero el violín y se ponía a tocar polcas y milongas; pero si no acertaba –algo que pasaba casi siempre- salía a las puteadas, se acostaba temprano y, en caso de que algún viejo amigo músico cayera en su casa, cambiaba las polcas y milongas por tangos lúgubres desbordantes de tristeza.

Estoy terminando de escribir este texto después de confirmar, una vez más, que hoy el número que está en mi ticket no coincide con el ganador. Salió el 222721 y yo tengo el 086230.

Hoy tampoco acerté, pero con todo lo que me movió este boleto no me atrevería a decir que no saqué la Lotería, y lo que me resulta más extraño es que realmente creo que la saqué hace años y casi no me había dado cuenta… y tiene un gustito a mate dulce a las seis de la tarde que ni te cuento.

 

 

 

 

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Escrito por

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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