Los que fuimos niños en los 80 y tuvimos la suerte de nacer en Uruguay y de yapa en un departamento que no fuera Montevideo, experimentábamos sensaciones de adrenalina y placer extremo al ver pasar una “Caravana”.

¿Qué era? Una fila larga de autos, omnibus, máquinaria y motos de gente que se juntaba a desperdiciar combustible y a contaminar de la manera más absurda, haciendo mucho ruido con bocinas, sirenas y gritos, con la excusa de demostrar respaldo a algún político. Era la manera de demostrar poder ante el adversario. Un atraso. En esta categoría no entra la caravana de la Vuelta Ciclista, que despertaba más pasión y era mucho más justificable y defendible; la que devenía de la prueba del pedal, por lo general, se daba al final de la mañana casi casi mediodía y casi siempre caía sábado o domingo. Me acuerdo porque en mi memoria quedó grabado que esos días yo corría por calle Santiago Vázquez descalzo, saltando por las piedritas del balasto que se me clavaban en la planta del pie.

Las de los políticos eran en la noche, eso le daba otro ambiente a la cosa, porque las luces de los vehículos que todavía venían lejos hacían como columnas gigantes que serpentean. Cuantos más quedaran para atrás mejor, porque eso denotaba más fuerza.

La sucesión de hechos siempre era la misma: Se sentían sirenas y bocinazos distantes que se dirigían a la ruta 3, que a unas cuatro cuadras corre paralela a Santiago Vázquez, la calle donde está la casa de mis viejos. Ahí era la concentración de vehículos.

Como éramos niños no escuchábamos ni veíamos informativos, pero sabíamos que cada cierto tiempo estábamos de parabienes, porque casi todas las noches por el Boulevard Luís Alberto de Herrera pasaba alguna caravana de algún político. Después entendimos que eso pasaba cada cuatro años, lo mismo que había que esperar para un mundial.

“El Chico”, Germán y Maxi, amigos y hermanos entre sí que vivían dos cuadras al sur de mi casa, eran los primeros en arrancar corriendo rumbo al boulevard y, al mejor estilo Forrest Gump, iban encolumnando más pibes del barrio tras de ellos. Primero se le sumaban el Seba y Fernando Carlini, después Víctor y el “Rojito” Miranda y finalmente mi hermano Víctor y yo. En las políticas el Totito siempre llegaba un poquito después, contrariamente a lo que pasaba con la Vuelta Ciclista que era el primero del barrio en clavarse como una estaca en la vereda con la radio portátil pegada a la oreja derecha.

– ¿Hay caravana? – preguntaban los que se prendían y, ante la confirmación de que efectivamente se trataba de una caravana, automáticamente se salía, como se estuviera, rumbo a la avenida. Eso explica por qué yo casi siempre llegaba descalzo.

Las que eran en primavera o verano se disfrutaban más. Aparte había que verlas desde la esquina de Santiago Vázquez y Boulevard Herrera, en otros lugares no era lo mismo. Ese tipo de actividades tienen puntos estratégicos que conectan geografía con sentimiento. Por ejemplo, el Carnaval de San José yo lo tenía que ver desde la esquina de calles Batlle y Ordóñez y Artigas, contra el Banco Comercial, frente a la plaza de los 33 Orientales, acompañado por mis abuelos Amalio y Gladys, mis hermanos y mí primo Gabriel. Si faltaba algo las cornetas carnavaleras no sonaban igual, y si te mojaban más que gracia te daban ganas de salir con una motosierra a cortar en cubitos al gil que osó apuntarte y disparar con un pomo plástico de colores fluorescentes.

Con las caravanas políticas pasaba igual. Tenían que ser vistas desde la esquina de Santiago Vázquez y Boulevard Luís Alberto de Herrera, y en compañía de los gurises del barrio que mencioné más arriba.

La primera emoción de la noche se daba cuando alguien gritaba confirmando que “¡Ya arrancó!”. Ahí todos empezaban a sacar la cabeza de entre la multitud, como la aguja de un reloj que solo llega a marcar hasta el minuto 13.

El primero en aparecer era el político, sobre la caja de una camioneta, por lo general era el candidato a intendente acompañado por el candidato a la Presidencia de la República por su partido. Atrás venían una cantidad de militantes, adherentes, alcahuetes y buitres que buscaban acomodarse en algún puestito en caso de que el caudillito ganara la elección.

Había caravanas que duraban un disparate, como dos horas de permanente pasar de autos, motos, ómnibus, camiones, maquinaria vial y congregaban a mucha gente en las veredas. Esas estaban buenas porque regalaban un montón de pegotines (stickers), binchas y hasta sombreritos de visera.

Otras daban lástima. Se hacían llamar caravanas y eran una cantidad ínfima de vehículos conducidos por los mismos dirigentes que después ni ellos mismos se votaban. Precisamente eran los que al otro día de la caravana salían por la radio diciendo: “¡Los carteles no votan!”. Nunca ganaban.

La verdad me sorprende cómo nos enloquecíamos por un gorrito o una binchita. No importaba del partido político, eso era lo de menos, lo que fuera nos alegraba la vida. Cada bocinazo nos encendía el interruptor de la felicidad y regresar mostrando todos los tesoros obtenidos, una cantidad innumerable de objetos inservibles, casi tanto como los que se postulaban a ocupar algún cargo, pero que nosotros, como niños, ignorábamos.

Me acuerdo de esto cada día camino a mi trabajo, cuando para cruzar la Avenida de Los Shyris en Quito tengo que esperar un rato demasiado largo si lo miro con los ojos de alguien que en los 80 era un niño de un departamento del interior uruguayo.

El recuerdo me dibuja una sonrisa, que se me borra a medida que voy advirtiendo cosas como:

• Ya sé de política
• Unos zapatos cubren mis pies
• Lejos estoy de la esquina de Vázquez y Herrera
• Y que alguien me regale una bincha, es tan probable como esperar que mi pueblo tenga la suficiente madurez para hacer que definitivamente, las caravanas políticas sean solo eso, un recuerdo, y nunca jamás se vuelvan a repetir.

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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