“Y esto que estoy intentando escribir es una manera de debatirme conmigo misma”.

Clarice Lispector.

Estoy naciendo. Desde la matriz de fuego al verbo de los ojos, llevo por equipaje las palabras. Me acompaña la escuela de la sangre y lo hará toda la vida. Mi primer gemido -sí, un gemido, nacer duele en su magnífico ejercicio de agonía deslumbrante-debo tratar de proteger el interior de mis párpados de los flashes de la cámara de mi padre. Ese señor que nunca escuché y a quien no reconoceré en su otredad hasta aproximadamente mis seis meses. Cree que me he desplazado por el vientre de mi madre para llegar a él. No, solo he huido de la presión de sus manos y ese amor romántico nauseoso. Le tengo malas noticias, soy mujer pero no romántica, es más las flores me causan alergia y ya estoy temiendo por las famosas rosas disneylandia que va a traerle entre toses y sollozos a su “reina” de la más temible falsa monarquía, la pobre mujer asustada que no sabe si le han quedado por recuerdo las piernas.

No debería hacer eso ¿acaso no leyó nunca nada? Los partos no deben ser filmados ni hay que sacar fotos, es un acto privado de maravillosa unidad cosmogónica, nos gusta la penumbra y hasta podría quedar ciega. Hay un médico sabio que no permite las cámaras en el lugar pero no he tenido suerte, y rezo por él aunque no tengo ningunas ganas de volverme una tonta imbuida de dialéctica judeocristiana. Si me llaman “princesa” ni la domperidona me salvará. He decidido nacer como mujer pensante, creativa, decidida, luchadora y con la única proclama posible: la libertad. Sí, es triste lo que les va a suceder a mis padres. Mi madre cree en pavadas de amores eternísimos y mi padre es un tipo que no se conoce a sí mismo, se aburre pronto de todo y del mismo modo que dice amarla la olvidará. Por ahora esa mujer que no me es ajena está delgada, poco sabe de la rotura de los estereotipos, el tiempo está cambiando, es una suerte, ya que la veo bastante triste y su piel tiene un tinte amarillento. En otra época hubiera sido considerada una mujer muy fea, casi andrógina, y ninguno hubiera querido acercársele, ni un solo cuadro hubiera merecido su nombre.  Ahora en 2016, año en el que estoy naciendo, vuelve a parecerse a esos fantasmas sórdidos que bajan mudos las escaleras de la ignominia más feroz.

Soy una niña ahora, no me pasaré la vida esperando príncipes azules terriblemente hipócritas, aburrida y soñolienta, no quiero eso, van a gustarme los hombre que piensan y no pierden el tiempo corriendo detrás de un par de glúteos y pensar que después se quejan de que les va como el orto, lo que tiene lógica, pero no se detienen a cuestionarse nada. Mala cosa realmente. Querré un compañero para dialogar, compartiré mis historias, mis libros, mis críticas de cine, mis maravillas, seré una activa caja de Pandora, la Psique para que Eros entienda el poder de lo verdadero.

No tendré que esconderme en un convento para lograr estudiar. Por suerte simplemente bastará con luchar, y seguro que saldré vencedora.

II

Una cucaracha me ha enseñado a enfrentar el mundo. Sobre su caparazón pierde ese poder del espanto. Si no hago algo jamás se dará vuelta. No es poderosa. Fabrico mis telarañas y en ellas las moscas se disuelven. Mi telaraña impúdica de oro…Miro a las mariposas estallar en pleno vuelo. Aprendí el proceso de la crisálida y cuando sueño viajo al futuro con cuidado, si piso solo una, lo aprendí de Ray Bradbury puedo cambiar el curso de la historia y eso no me interesa. Prefiero creer en los planetas aún desconocidos, en los desiertos con vegetaciones activas, en poder enfrentar las granadas que sacuden los campos minados y si tengo que caminar mutilada aun así lo conseguiré. Mis padres muchas veces no me entienden. Trato de que mi madre vuele. Ella siempre llora arrollada de cara contra la pared. Mi padre se ha ido y lo veo muy poco. Estoy sola y ya no sé qué es la tristeza ni tampoco la alegría. Solo puedo ver mis pies desnudos correr y correr. Un bosque de intenso follaje cubre mis ojos heridos. Incendio la noche con mi nombre.

Ayer me han dicho que el piano en el cual me detengo a escuchar los pentagramas sólidos de la madera del mundo es una aventura de sueños por el universo todo. Es así que construiré los puentes, nunca hasta la mitad, largos puentes infinitos. Mi madre sigue llorando. Quiero sacudirla para que despierte, es como un insomnio vivo que me duele, es una sonámbula agrietada discípula de una fiebre interminable. Pero no lo logro y la impotencia ante su ingrata suerte no siempre se desata. Esta tarde sí. Será ese asunto de tener la cabeza llena de imágenes.

-Ella mirándome ir a la escuela en un día de lluvia con la ropa desatada y la cara empapada de luz.

-Mi tarde llena de bombones mientras me esperaba en la puerta distraída y feroz como una gata perdida.

-El dolor, el dolor, el dolor, un espejo quebrado, una luciérnaga herida, una pared que se ha vuelto paredón. El último beso que le dio mi padre.

III

Que bella música de ciegos escucho al salir por la tarde. Ya estoy de pie sobre la vida, he subido la colina, he visto relámpagos gritar.

Mi madre se ha olvidado de sí misma. Es una forma de morir, lo sé, pero nunca se lo digo, me acerco, la beso, me voy, regreso con algo para comer, la baño y la visto.

Ha perdido la memoria. Es una suerte enorme para ella. Sólo dice tres palabras “el amor, la lluvia, la tristeza”. Yo repito con ella “el amor, la lluvia, la tristeza…”

  -¿Quién eres?– pregunta

-Soy una metáfora –contesto

Creo que en el fondo ella sabe que tengo muchísimos nombres y que soy un grito, el que desgarra, su grito, el que ella ya no puede usar para defenderse de la pobre multitud de nadies que la rodean. La nada toda es el crepúsculo. Luego anochece. Se ha ido la vida como un reloj apagado sin metrónomos ilesos, sin pedales, desauxiliado día, y ella así rodeada por rosas como un personaje de Faulkner.

IV

No estés triste. Tus cenizas en el mar, el naufragio del amor, la muerte sonora de mi padre. No llores, ya no logras empapar el mundo de agua vivas silentes ni siquiera de reptiles vagabundos en el vientre. Yo ya he recorrido el túnel. Soy una mujer. Y ahora que libero tus cenizas al viento soy tu madre Ariadna, “Nunca comenzó nada y nunca va acabar .Nunca”.

Es así. Por eso levanto el juego de damas, su tablero, lo ensobro delicadamente y también lo tiro al mar. A las damas no se puede jugar todo el tiempo madre. Lo tendrías que haber sabido hace mucho tiempo.

-x-

Laura

Laura Inés Martínez Coronel, nacida en Melo, Cerro Largo, Uruguay. Escritora, con nueve libros editados hasta el momento, trabaja un género inclasificable, donde se expone, poesía, prosa, ensayo, de tinte claramente efluvista, periodista y, columnista de Caras y Caretas, Uruguay.

Columnista radial en México Df, en un espacio de literatura hispanoamericana. Autora de Sediento Ediciones. México DF. Docente de Literatura, inglés, portugués y piano. Traductora. Experiencia en trabajo con

Literatura y psicoanálisis, con personas de contexto social crítico, mujeres víctimas de violencia y portadores de patologías psiquiátricas. Laburante de la cultura y el arte. Más de 40 premios literarios nacionales e internacionales.

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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