Mayo/Noviembre 2007

El viernes próximo pasado, mientras degustábamos el tradicional asado de obra de los viernes con los compañeros de trabajo, se instaló un breve debate de los beneficios proteicos del consumo de carne con portland.

Entre tantas conversaciones hice mención al cuento de un amigo que antes de hacer el Viaje de Arquitectura se hizo un chequeo médico general que le arrojó unos valores de cuidado, que tuvo que controlar antes de salir del país.

Con su mejor intención me aconsejó que hiciera lo mismo, a lo que le respondí: “¡Ni loco!  Mirá si los valores me dan mal, si después nos la vamos a pasar comiendo porquerías… yo me hago los análisis a la vuelta” – y así fue… no me hice los análisis antes de salir.

Por suerte no pasó nada, pero sí se cumplió lo anticipado. Esa conversación me hizo rememorar nuestras costumbres alimenticias durante los seis meses de viaje. Hoy les voy a contar las “Dietas Genéricas” que aplicamos, o las Dietas Básicas llamémosle, y algún que otro punto notable alejado de la dieta que también nos hizo muy bien.

Nuestro régimen no era balanceado, el chiste era encontrar un menú ganador (bueno, rico y barato) y darle hasta que nos aburriéramos o encontráramos otro menú ganador.

Es posible que este posteo se nos vaya largo, así que les recomiendo que lo vayan leyendo de a partes. El posteo no se borra.

Japón: darle a lo más reconocible

Los japoneses fueron muy tiranos con nuestra ingenuidad. Había un sinfín de productos que se asemejaban a nuestra dieta uruguaya, pero cada vez que nos hacíamos de ellos nos dábamos cuenta, para nuestro dolo, que no eran lo que parecían.

Es así que te podías comer un pan relleno de dulce de garbanzos, un helado de porotos, algo marinado que se hacía pasar por milanesa de carne, y ojos de mono en vez de huevos duros.

La primera semana la pasamos a sopa de Noodles, que son los tarritos plásticos con fideos deshidratados. Eso nos dejó los labios a medio reventar.

Ya avanzados en días encontré una dieta que se asemejaba más a lo que buscaba. Por las mañanas una achocolatada y un pan ¿mantecoso?; al mediodía alguna hamburguesa o sándwiches en pan de Viena (sí sí, se comen todo en pan de Viena); y para la cena un trozo de pollo con arroz, muchas veces acompañado con la megalata de Coca Cola o una cerveza “del tigre”. Eso fueron nueve días corridos.

Hubo un día que nos dijimos ¡Basta!, y compramos todos los ingredientes para hacernos en la cocina del Hostal un arroz frito, con sus cebollitas, morrones, etc. Nos quedó espantoso. La cebolla no te hacía llorar, el morrón era transparente, la carne prohibitiva, y el arroz se pegoteó tanto que casi lo comimos como si fueran albóndigas.

Ahí aprendimos que no se pueden extrapolar costumbres tan fácilmente.

Estados Unidos: casi como en casa

Cönvidë rüterö
Cönvidë rüterö

Llegar a Estados Unidos fue como llegar a casa, en lo que refiere a alimentos.

Empezamos a contar con supermercados al alcance del peatón y nunca faltaron las Chesseburgers ruteras.

En Chicago nos la hacíamos con un supermercado de autocobranza que estaba cerca del “Hotel”, y nos comíamos la vianda en alguna plaza cercana.

En Nueva York nos comprábamos el desayuno con Lolita Ortiz que estaba frente al Hostal y lo comíamos de camino por Central Park. Para la noche hacíamos parada en un súper que tenía un pollo al spiedo de novela. Le dimos hasta que nos salieron plumas.

Turquía: Línea de largada

Encuentro en Turquia
Encuentro en Turquia

En Estambul nos encontramos con un gran compañero de viaje, al que seguimos por el resto del mundo en lo que llamamos “La Ruta del Kebab”. Eran cerca de las dos de la tarde y teníamos bastante hambre. El desayuno del Hostal había sido con una taza de café con leche, ¼ huevo duro, ½ pepino y ½ tomate. Los turcos te lo venden de tradicional y te dan lo más barato que encuentran.

Caminábamos por la principal entre Santa Sofía y la Mezquita Azul cuando nos topamos con él, haciéndonos guiñadas desde su pincho. Luego de que lo probamos pasó a ser nuestro Menú Ganador.

Atenas…dulce Atenas

Después de tener que hacer el trámite de deslinde de multas por los inspectores garroneros del Metro de Atenas, y dar con el alojamiento y descargar las valijas, decidimos salir a dar unas vueltas manzana para conocer el barrio donde nos hospedábamos.

Esa noche nos comimos un choripán griego. Era un chorizo de más o menos 1 ½ vez a lo que son nuestros chorizos, y estaba envuelto en una rapidita…toque gourmet jaja.

A la mañana siguiente cuando bajamos del Hostal rumbo a la Acrópolis el aire nos atrapó y nos llevo de las narices… –“snif snif… ¿Qué es eso?…snif snif… seguimos el endulzado aire hasta llegar a una exquisita panadería. El aroma no era otro que el del anís, que tenia a todo el barrio impregnado. Todos los bizcochos, cremas y postres eran un deleite para los ojos. Probamos sus exquisiteces en esa y otras panaderías que se repartían por la ciudad, un clásico que estábamos extrañando.

Ios a guiso playero

Llegamos a Ios 20 días antes que comenzara la temporada de turismo, y seis días antes que arribara el resto del grupo de viaje. Casi que estábamos solos en la isla. Nuestra estadía fue en la Zagorakys House, un complejo de apartamentitos apareados rodeando una piscina y ubicado a 200 metros de la playa de Mylopotas.

Por las noches nos rompíamos la boca haciéndonos unos buenos guisos con las compras que adquiríamos en el mercado que estaba a unas veinticinco cuadras en horizontal y unas tres cuadras en vertical, en la loma del cerro de la isla, recorrido que hacíamos a pata todos los días.

París a pasta y vino

Desde Grecia llegamos a París. Como les contaba antes nos alojamos en diversos apartamentos de la zona. El denominador común que aplicamos fue el de hacernos la cena todas las noches.

Éramos como una gran familia que nos juntábamos a compartir las vivencias del día, ya que no salíamos todos juntos mayoritariamente. El menú generalmente era pasta, más bien tallarines, acompañado con salsa caruso o salsa de tomates. El vino casi siempre acompañando, con precios iguales a los del agua, decidíamos ir por el vino para proteger al corazón como recomiendan los médicos.

Londres: una miseria

Mesa britanica
Mesa britanica

Nuestra estadía por la capital inglesa no empezó nada auguriosa. Arribamos al Crystal Palace camping bajo una copiosa lluvia y luego de dar muchas vueltas y no quedaba lugar para nosotros. Terminamos en el Abby Wood bastante al Este del centro de la capital.

Nos embatataron con el tipo de cambio de USD a Pounds, y el camping y ticket para tren se llevó el 80% de nuestro capital diario. Estábamos en lona.

Esa primera tarde en Londres caminábamos por Fleet Street rumbo a la St Paul’s Cathedral cuando entramos a lo que era un almacén de barrio para hacernos del mediodía. Con precios altamente prohibitivos terminamos almorzando una lata de choclo en grano cada uno. Esa dieta se repetiría por un par de días más, esta vez con el plus de tener globos de helio de postre.

Morrison nomá!

Al tercer día de estar acampando en el Abby Wood, decidimos mover la camioneta en busca de algún supermercado para aprovisionarnos de lo mínimo indispensable. Terminamos en un Morrison más a las afueras aún. Ahí fue que aprendimos que en Europa se manejan con grandes superficies en la periferia de la ciudad donde los precios son muy buenos, trabajando con sus marcas propias.

Nuestra estadía por Gran Bretaña tomó un vuelco radical. Las compras para el desayuno, cena, y alguna vez de paso al mediodía quedaron resueltas con nuestro gran amigo Morrison.

De ahí en más la dieta de viaje rutero se repetiría sin muchos cambios. El desayuno estaba compuesto por leche sola o con cocoa en algún caso, pan tostado que venía en bolsas tipo galletitas al agua, queso de untar en triangulitos, queso en fetas para alguna ocasión, y mermelada en bollones.

Por las noches las cenas eran tallarines o alguna otra pasta con salsa de tomates, salsa caruso, arroz con salsa de tomates, arroz con arvejas y choclo, y cuando se daba metíamos algún guiso.

Muchas de las cenas se preparaban furtivamente en la banquina de la ruta de paso, el estacionamiento de algún supermercado cerrado y/o alguna escuela. A la postre terminábamos armando la carpa en ese lugar.

Complementando ésta dieta básica nos dimos algunos lujitos puntuales que en el día a día de cada uno de nosotros no hace la diferencia, pero a nosotros sí que nos la hacía.

Café con Mackintosh

Cafe-escoces
Cafe-escoces

Viernes 13 de Julio en Glasgow. Acabábamos de llegar del norte de Escocia luego de rodear el Lago Ness y teníamos a dos convalecientes que llevamos a una policlínica local. La única vez que debimos usar el seguro de asistencia, por suerte, porque la verdad que no nos fue de lo mejor.

La mañana estaba fría y mojada por las calles de la ciudad y nos decidimos a hacer una inversión del fondo común en el Willow Tea Room de Charles Rennie, un clásico de la historia de la arquitectura mundial y el incipiente Movimiento Moderno.

Nos hicimos de un exquisito (y bien caro) desayuno que bien valió la pena el ahorrar comiendo latas de choclo en Londres.

Amsterdam en flia

Martes 24 de Julio en Amsterdam. “La Negra” nos había avisado que se quedaría con unos familiares en la ciudad, Blanca y Eddie. Una tarde nos encontramos en el centro de la ciudad y nos da el aviso que estábamos invitados a cenar a la casa de ellos… “¿Estás segura?” – le dijimos, mirá que no sabemos si podremos medir modales.

Blanca era de Montevideo y Eddie era de Holanda, padre de un importante arquitecto de los Países Bajos. Caímos esa noche y nos comportamos como Señores. Sin chistar nos comimos toda la comida, todo el postre, toda la bebida que había a disposición – [como le diste duro a la cerveza negra Eskinke] – y el café de despedida, como buenos emisarios del paisito.

La Nutela no es lo mismo

Nutela full
Nutela full

Estábamos adentrados al sábado 28 de Julio, y era el cumpleaños de Chacha. Habíamos parado en la parte trasera de una estación de servicio, en una franja de pasto que tenía unos banquitos de hormigón. Ahí armamos nuestras carpas y después de comernos un guisito escueto de cucharón parado, nos hicimos un postre con Nutela. Varias capas de friyoas y untadas de nutela hacían al gran panqueque o más bien lasaña dulce.

Comimos a reventar, no íbamos a dejarles restos de comida a los topos que ya nos habían venido a visitar. Lo que sí nos agarramos fue un empalague tal que la nutela no la quiero ver ni en fotos. Sin dudas que el problema de los europeos que los hace ser tan oscos es que no saben lo que es el dulce de leche y bajarse medio vaso solo en el camino desde el almacén hasta tu casa.

Coronas bajo el plato

Noche del domingo 29 de julio en el camping de Copenhague. Nos habíamos encontrado con “La16” en la mañana, y acordamos que en la noche nos haríamos unos buenos ñoquis caseros con salsa de tomates.

El camping tenía una gran cocina común para preparar alimentos y un sector de mesas para poder comer cómodamente. Así fue que esa noche nos sentamos todos y pusimos nuestras Coronas Danesas debajo de los platos de plástico y nos comimos los tradicionales ñoquis del día 29.

PØlse y Makkara

A la salida del camping de Amsterdam nos hicimos de un parrillero móvil. Era pequeño y práctico, y estaba casi sin uso. Yo creo que el único uso que le dieron los vecinos teutones antes de mamarse hasta el eje y agarrar la carpa a trompadas y tirar todo a la volqueta del camping fue ponerle hielo y acomodar algunas cervezas.

En nuestra estadía por las montañas noruegas y las rutas finlandesas supimos sacarle buen jugo. Nos compramos unos PØlses en Noruega y algún que otro Makkara en Finlandia que supimos degustar con beneplácito, ante la atenta y atónita mirada de los choferes nórdicos que se topaban con grupete de cocineros de paso al costado de sus rutas.

Ferry agridulce

El mediodía del Ferry que unió Umeâ y Vaasa se vio engalanado por un novedoso almuerzo. El plato estaba compuesto por cinco albóndigas de carne dulce, puré de papas y una potente cucharada de mermelada de frutos rojos. Sin dudas que innovador y les tengo que decir que estuvo muy sabroso.

La madre Rashhha

Rusia nos recibió muy bien, más precisamente Moscú. El hotel donde nos hospedábamos tenía desayuno continental donde supimos hacer delicias. Yo creo que en una semana recuperamos todo lo que habíamos perdido en los últimos tres meses.

Empezábamos por el desayuno con los café con leche, medialunas y mantecas, seguíamos con los huevos revueltos, panceta y verduras al horno, y terminábamos con la fruta de postre. Todo eso en el lapso de las 8:30 y 10:45 de la mañana.

La pollería checa

Una de esos días de recorridas por Praga nos topamos con una pollería. Veníamos de dejar “durmiendo” a “La Camio” en el garaje de un hotel. Nos recomendaron No dejar vehículos en la calle en República Checa.

El menú era pollo, todo a base de pollo. Como decía anteriormente, cuadro que gana no se toca, todos los días que estuvimos en la ciudad almorzamos pollo hasta que nos salieron plumas.

Italia casera

En “La bota” nos rompimos la boca. La primera parada la hicimos en Terviso, en un restorán entre montañas. Con una vista excepcional y bañados por el sol del otoño tano nos comimos una passsta passssta con su salsa. Una delicatesen.

En Bologna nos la dimos con unas pizzas re caseras elaboradas en el acto, todo masa y salsa, a la vista de los compradores. Pese a ser una ciudad bien concheta, los precios no eran matadores, y nos supimos atorar a pizzas como las Tortugas Ninja.

Ya en la costa amalfitana, el deguste fue por otro lado. Los paninis de queso, tomate y albahaca, y fruta, mucha fruta. Lo pienso y se me hace agua la boca. El sabor del queso y las verduras era único. He sabido degustar muchos quesos, pero como esos no he logrado nuevamente.

Las frutas eran para comer con las piernas abiertas: Jugosas, dulces y deliciosas.

España de fiesta

El domingo 30 de setiembre llegó Andrea (mi esposa) a París, y de ahí empezaría un nuevo viaje para mí. Nos quedamos unos días en la capital francesa y luego nos fuimos a recorrer España. Literalmente la conocimos en casi todas sus puntas. La Coruña al Oeste, Barcelona al Este, Cadaqués al Norte, Malaga al Sur, Melilla al extra sur, y Madrid en el centro.

En todas las ocasiones nos quedamos con amigos y familia. Fuimos tratados como reyes en todos los sentidos, y en el de la comida no podemos ni hablar. Fueron 30 días donde redondeamos todas nuestras aristas.

Pescados a la plancha, al pincho, calamares, calamaretes, mejillones, langosta, tortillas, super tortillas, guisantes, tapeos y churros. Nos dimos panzadas memorables de las que no te olvidás más, y de las que estaremos siempre agradecidos a la familia y amigos que nos recibieron como hermanos haciéndonos pasar días inolvidables.

Después de todo esto no me cabe que decirles buen provecho  😉

 

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Escrito por

Gabelo

Si cualquier día corriente de nuestras vidas podemos vivir un hecho que se convertirá en anécdota, imaginá todas las que podés recabar si das la vuelta al mundo. Eso que parece tan loco Gabelo ya lo hizo por nosotros, y de ahora en más compartirá sus vivencias a través de posteos semanales en semecanta.com

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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