El jueves pasado volví a un estudio de radio, pero no como conductor de un programa,  sino como entrevistado. Estar de ese lado y no llevar las riendas de la conversación me pone raro, creo que ansioso.

No saber qué pregunta viene después de dar una respuesta me lleva a suponer cómo va a proseguir el periodista, pero no a tener certeza. Es por eso que cada  vez que un entrevistador me hace “un cambio de frente” -hablando en términos futbolísticos- es como si estuviera parado sobre una alfombra y alguien la sacudiera con fuerza moviéndome el piso.

inicio posteo

Después de haber estado doce años en la labor periodística supongo que el pasar de entrevistador a entrevistado debe ser como cuando a un alcohólico lo ponen a atender un bar. Y eso que yo iba a hablar de semecanta.com que es un tema bastante descontracturado, no me quiero imaginar cómo me pondría si estuviera en un cargo político o gerencial en alguna empresa sospechada de corrupción.

No obstante, pese a todo lo antes dicho, me pone contento saber que hay gente a la que le interesa conocer más de las cosas que hacemos en el blog, nuestros muchos proyectos y pocas realizaciones.

Además, el programa al que iría el jueves es una propuesta que me agrada bastante; se llama GudstockBlues, se emite por la radio de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, lo conducen dos pibas con muy buena onda que te hacen sentir como en una charla de amigos y todo gira en torno al blues. Combo perfecto.

El programa sale de 11:30 a 12:30 los jueves y viernes. Yo estaba invitado para el jueves, por lo que para estar en hora debería salir a las 11:00 de mi trabajo que, justo ese día me tenía a full. Sentado en la matraca mal.

Terminé saliendo a las 11:05, cinco minutos más tarde de lo previsto, algo que no me inquietó hasta que me di cuenta que cubrir el tramo que va desde el edificio donde laburo hasta la parada del trolebús me demandaría unos 10 minutos. Ya eran las 11:15 y yo recién estaba poniendo la moneda de 25 centavos para que el molinete de ingreso a la estación me permitiera el paso.

Aún ahí tenía la esperanza de llegar sobre la hora…pero a tiempo. Como me considero un tipo de radio sé que una de las cosas que más molestan cuando tenés un invitado es que éste llegue tarde. Además no tenía claro si yo era el único entrevistado del programa, y si eso llegaba a ser así estaría poniendo en una situación incómoda a mis anfitrionas. Ya me las imaginaba mandando un tema tras otro para hacer tiempo mientras se acordaban de mi vieja.

Para colmo los minutos pasaban y el trolebús no llegaba. Pensé en dejar la estación y esperar a que pasara un taxi, opción que al principio había descartado porque no es lo mismo pagar 25 centavos de trole que 3 dólares para que te lleve un auto pintado de amarrillo (aclaro que soy bastante rata en términos económicos) pero cuando finalmente me decidí y ya encaminaba mis pasos rumbo a la salida vi que, por fin, una unidad del servicio de transporte público quiteño estaba arribando a la estación.

Fui el primero en subir y en apelmazarme con los pasajeros que venían de paradas anteriores. Apenas pudiendo meter mi mano en el bolsillo derecho de mi pantalón saqué el celular y miré el reloj…11:25… ¡11:25 y yo recién estaba saliendo!

Creo que repetí la operación de mirar la hora mínimo cien veces en todo el trayecto. Cada encuentro de mi mirada con el reloj era una puñalada de angustia: 11:27…11:27…11:28…11:28…11:28…11:29…11:29…11:29…11:29…11:30…

Cuando estás apurado parece que todo conspira para demorarte un poco más. Primera esquina el semáforo se pone el rojo; en la siguiente estación un pasajero imprudente queda trancado con la puerta por querer subir pese a que en el trolebús no entra un alfiler más; siguiente semáforo está en verde, cruzamos…cruzamos…no cruzamos nada, ya se puso en rojo, otra estación, más imprudentes que cruzan la vía exclusiva para las líneas de transporte público y unidades de emergencia, miro al conductor, va resignado esquivando peatones suicidas, aguantando putedas y calor, mucho calor.

Yo me desesperaba con cada frenada, me daban ganas de bajarme y seguir mi recorrido corriendo, hasta que por fin llegamos a la estación que está frente a la Casa del Cultura Ecuatoriana.

Bajé más rápido de lo que subí, fui descortés, empujé gente y, aun así, estaba llegando tarde a mi cita. Pregunté al del estacionamiento dónde era la radio; para mi mala suerte todavía estaba como a una cuadra de distancia.

Con la lengua afuera, sudando la gota gorda y dando inhalaciones profundas para recuperar el aire finalmente llegué al estudio.

La Paola “la Negra” Brunner, una de las conductoras del programa, con una sonrisa de oreja a oreja y levantando sus manos me hizo señas para que entrara. Con un gesto le pedí disculpas por la demora y ella, junto con Paola Martínez, la otra conductora, me dio a entender que todo estaba bien.

Para mi fortuna yo no era el único invitado. En el estudio había una señora con una voz muy cálida. Al principio no tenía ni idea de quién era ella y mucho menos de qué estaba hablando.

Foto mitad del posteo

Por su paz al expresarse pensé que se trataba de esas veteranas que practican yoga y leen mucho a Osho, pero con el paso de los minutos me di cuenta que mis conjeturas iniciales estaban muy erradas.

La señora en cuestión es Olga una colombiana que sobrevivió al cáncer, y lo que estaba haciendo en el programa era dar a conocer su historia y presentando el libro “La Quimio y yo”, en el que recoge toda su experiencia, desde el momento que le diagnosticaron la enfermedad –cáncer de mama- y cómo fue todo el proceso de sanación hasta estar totalmente curada.

Olga nos contó –a mí y a todos los que escuchaban la radio en ese momento- que le debieron practicar una mastecomía (extirparon las mamas), nos advirtió que los hombres no estamos exentos de padecer la enfermedad y que es sumamente importante auto-explorarse para  detectar a tiempo posibles anomalías en nuestro ser. Todo eso con una sonrisa en la cara, como de tranquilo, suena feo, como la palabra “Cáncer”, pero no necesariamente significa el fin, sino el comienzo de una lucha que nos lleva a valorar mucho más la Vida que, desde ese momento, tenemos que defender.

Me sentí muy pelotudo por haberme amargado tanto en todo el trayecto de venida. Al final, cuando se apagó la luz roja que indica que estamos al aire nos despedimos. Olga me regaló un libro y se comprometió a enviar un texto para postear en semecanta.com

Cuando regresaba y estaba a punto de ingresar a la parada del trole repleta de gente palpé con los dedos de mi mano derecha las monedas que habían en mi bolsillo…esta vez no lo dudé, di media vuelta y paré un taxi. Ya no me importó la congestión ni demorarme. Ahorrar un par de dólares y padecer por ello el tumulto, el calor y los empujones no me volvería un tipo rico.

Me desparramé en el asiento trasero y como ya era mediodía me vino una modorra terrible. Hasta llegar a mi destino con el gran atracadero de autos me llevaría media hora mínimo. Entrecerré los ojos y cuando ya casi estaba dormido me despertó un bocinazo acompañado del insulto del taxista dirigido a otro conductor.

 -¡Mira a ese guevón! –Me dijo el taxista buscando en mí un aliado de furia urbana. Lo miré por el espejo retrovisor y vi su cara desencajada, como apretaba los dientes con bronca mientras volanteaba con fuerza tratando de meter la trompa del auto para poder tomar una avenida.

Cuando estaba a punto de decirle algo dándole mi apoyo y con él una vía libre para que siguiera con su postura de perro rabioso, en mi memoria reapareció la cara de Olga, mirándome sonriente, apoyando sus mano sobre el libro que ella misma escribió después de superar algo mucho peor y desafiante que una congestión de tráfico.

La vi a ella, y en ella a otra gente a la que se le diagnosticó algún tipo de cáncer que, pese a arrancarles la vida, nunca pudo apagarles la sonrisa.

Vi la cara del Tuerto Virola, un amigo del barrio que se fue temprano, la del padre de una amiga del colegio, la de una vecina bondadosa, a ese familiar que está siempre presente aunque ya no esté…y sí amigo lector, también se ve en Gloria a esa persona de la que vos te estás acordando en este momento, mientras lees estas líneas, todos estaban igual que ella: en Paz, la misma que a mí me acompañó en todo el recorrido de regreso, y que ahora cuido como un tesoro valioso.

Foto fin de posteo

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Escrito por

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

2 Comments

  1. Alejandra Martínez

    12 febrero 2016, 1:25 pm

    Me encanta lo que se te canta!!! Buenísimi, César.

  2. Super, chongo!!!

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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