Cuando recuerdo los años de mi niñez en mi escuela rural vienen a mi mente múltiples imágenes cargadas de afecto. Mis maestras, mis compañeros; el viejo rancho de techo bajo, como para cobijarnos mejor. “El campito” que nos esperaba al recreo para regalarnos su sombra y mucho más espacio del que necesitábamos para jugar.

La única canilla que estaba en el patio y frente a la que todos hacíamos fila, antes de entrar a clase, mitigando la sed en aquellos vasitos plegables que guardábamos en su propio estuche dentro del “portafolios” de cuero.

Recuerdo la túnica blanqueada al sol, almidonada y planchada por las manos de mi madre. Las mismas manos que entrelazaban mi pelo hasta convertirlo en una larga trenza y lustraban mis zapatos “Incalcuer”, siempre impecables.

Siendo niña, a pesar de que me apasionaba estudiar, no era raro que hiciera corriendo el camino de mi casa a la escuela. Siempre se me hacía tarde y llegaba sobre la hora.

Un día… fue el peor de todos. Me había demorado mirando televisión. Este reciente, último invento tecnológico lo tenían pocas familias del pueblo y era la atracción de todos, en especial, de los niños de la época. Ese día, en la tele habían saludado a todos los maestros. ¿El Día del Maestro? – me pregunté. Me llamó la atención.

Resultaba extraño que en la escuela nadie hubiera recordado algo así el día anterior. Había compañeras, siempre las mismas, que se enteraban antes que el resto y nos informaban. No disponía de teléfono ni de celular para averiguar si alguien más sabía esa noticia.

Ya en mi casa, el poco tiempo que tenía lo destiné a juntar flores del jardín que mi madre cuidaba con tanto esmero.

Ese día llegué a la escuela con un hermoso ramo para mi Maestra, pero… más tarde que nunca. Ya todos estaban en clase. Mis excusas, seguramente debieron causar risa entre mis compañeros. Sólo recuerdo el rezongo de la Maestra que me inmovilizó con el ramo en la mano. No lo entendí y me pareció injusto. Muy herida, no le entregué las flores; las deposité en el piso, detrás del último banco de la fila y ahí las dejé.

Luego me enteraría que había mirado Canal 9, un canal argentino y que era el “Día del Maestro”, pero… ¡¡¡en el país vecino!!!

Ese incidente, que me provocó una mezcla de gracia y de rabia por mucho tiempo, me enseñó que en el futuro no debería repetir ninguna noticia, y menos actuar en consecuencia, si no estaba segura de la fuente de información de donde provenía.

Hoy, casi en el mismo escenario, pero en otra etapa de mi vida y desde otra perspectiva, miro a mis alumnos y comprendo que la Maestra no necesitaba de mis flores para saber cuánto aprecio, respeto y admiración sentía yo por ella; aunque… si pudiera, corregiría aquella impulsiva e infantil actitud.

-x-

faceMe llamo Ángela Fajardo pero todos me conocen por Angelina, nombre que le gustaba a mi madre y con el que me nombraron desde que me conozco. Nací un 2 de octubre, “Día de los Ángeles Custodios” según el calendario gregoriano, y mi abuela insistió en que debía llevar ese nombre para que la suerte me acompañara siempre.

Vivo en San José de Mayo. Soy Maestra (jubilada) y mis últimos años trabajé en Tecnología Educativa en la Inspección Departamental y en el Instituto de Evaluación Educativa en Montevideo.

Ahora, leo, escribo, escucho música clásica o folclórica y disfruto del contacto tan afectuoso de mis cuatro nietos que me alimentan el alma.

Disfruté de mi profesión. Nunca la sentí como un trabajo. Sostengo que es un privilegio trabajar con niños y que deberíamos escucharlos más y aprender mucho de ellos.

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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