Cuando éramos niños, la sangre en las rodillas o codos por las caídas o la cabeza partida por alguna pedrada, motivaban el llanto en alguno de los integrantes del grupo de amigos; inmediatamente después de eso venía el rezongo de alguna madre y, casi simultáneamente, se terminaba la guerra.

Los soldados restantes corrían despavoridos, se escondían o encerraban en sus casas jurándoles a sus viejos que ellos no habían tenido nada que ver con el incidente que derivó en las lágrimas de un enemigo o camarada. El ciclo siempre era el mismo.

Por lo general los conflictos bélicos se daban en las tardes de verano, cuando no había escuela. Nos juntábamos un grupito de amigos y, con suma dedicación, armábamos nuestros fusiles con maderitas, clavos y alambres. Nuestros kalashnikov eran básicos; una tablita larga y chata a la que abajo le colocábamos dos más pequeñas que cumplían la función de mango y gatillo.

Los enemigos eran otros pibes del barrio pero que vivían un par de cuadras más lejos del punto en el que nosotros siempre nos reuníamos. En tiempos de escuela jugábamos todos juntos, pero fuera de ella, en el barrio, la cosa era otra.

Una vez armado el arsenal y teniendo un objetivo entre cejas se iniciaba el conflicto bélico. El sonido “rrrrrrata- ta- ta- ta” que salía de nuestras bocas mientras con las maderas apuntábamos a nuestro enemigo daban fe de la crueldad del choque que bajo el sol de enero se registraba por las calles del barrio.

Los convoy de bicicletas incursionando en territorio enemigo eran una constante. Frente a nosotros no veíamos otros niños, veíamos soldados, mercenarios hechos y derechos que buscaban a toda costa quedarse con nuestro territorio, jugar a la pelota en nuestro campito e ingresar con altanería y soberbia al almacén cuando fueran a hacer los mandados. Había mucho en juego, la cosa era muy seria como para no tomársela a la ligera.

Para nosotros, “ellos”, los enemigos, siempre comenzaban con la provocación, o al menos eso era lo que les decíamos a nuestras madres cuando la cosa se salía de control y terminaba en lágrimas.

Había un chico, “el Galo”, gordito y bonachón, de lentes y con un problema en el frenillo que le daba un tono afrancesado, eso había motivado su apodo. Un día “los otros” lo agarraron solo y desprevenido y le dieron una salsa de la que no se olvida nunca más.

Desesperado salió corriendo a buscar al “Rusito”, el más bajito de la barra, de ojos azules y pelo rubio como el trigo. Si bien parecía manso cuando le daba por pelear no había quién lo parara. Igual se largaba solo a campo enemigo y causaba estragos. Los integrantes de los ejércitos enemigos le tenían mucho respeto. Sabían que si él entraba a la guerra seguro alguien salía lastimado.

Ese día, cuando le pegaron al Galo, el Rusito salió como con un resorte en el culo a buscar a los enemigos, pero el Galito no se conformó con eso, y fue corriendo a buscar a Ángela, una gordita machona, la más chica de una familia de mucha plata. Todos los pibes querían estar bien con ella, porque si se enojaba tenía la capacidad de hacerte pedazos.

Si ella no podía con el enemigo no le importaba, convocaba a otros chicos de barrios distantes a los que les encargaba el trabajo sucio. Después les pagaba con caramelos y chicles, y si la misión era muy arriesgada no dudaba en ir al almacén y salir con unos cuantos alfajores de chocolate con los que saldaba su deuda.

De manera muy llamativa ese día, pese a que le dijeron, el “Negro”, el más alto, morochito y orejón de la barra no se metió en el conflicto. Lo miró de lejos pero con mucha atención. Todos sabían que cuando él dijera “¡vamos!” se armaba la gorda.

En otras tardes de “guerra” había dejado llorando y sangrando a más de uno del otro lado y, si bien era el que armaba el gran quilombo, siempre quedaba bien parado ante los ojos de la gente mayor. Un actor de primera era el Negro. Un lobo con piel de cordero. Él mandaba a pelear a los otros pibes, y éstos, como se los pedía él iban a darse con todo contra el enemigo. Era eso o que el Negro los mirara con mala cara, y nadie quería eso.

Así pasaban las tardes de verano cuando éramos niños. Corridas para acá, corridas para allá, ráfagas de metrallas que se descargaban desinflado los cachetes rojos por el sol, y al final, el llanto de algún niño detonando el rezongo de una madre y con eso el fin de la guerra.

El problema fue que el tiempo pasó y casi sin darnos cuenta nos hicimos adultos. Muchos andamos de traje por la vida. Hemos cambiado el sonido de balas saliendo de nuestras bocas por discursos encendidos. Las balas ya no las imaginamos porque las podemos comprar al igual que los fusiles. Nuestras madres rezongonas, las pocas que aún quedan, ya no nos regañan porque “somos grandes y pensantes”.

En la actualidad, casi todo lo que ayer era imaginación se cambió por realidad. Nos Tomamos el juego muy en serio y en ocasiones ni siquiera tenemos en claro quién es el enemigo. Ya no vivimos situaciones fantásticas como cuando de niños jugábamos a ser hombres y mujeres atacando a otros adultos. Ahora verdaderamente lo somos (adultos) y si bien el objetivo sigue siendo el mismo de hace años, “terminar con el enemigo”, ya nos da lo mismo liquidar a otro adulto, viejo, mujer o…niño, y al parecer la sangre de estos bañándoles las caras, lejos de hacer que el conflicto termine, parece enardecerlo cada vez más.

Por César Reyes

 

Compartir

Escrito por

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

Deja un comentario

Your email address will not be published.Required

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Articulo anterior

Quizá tambien te interese leer

About Me

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

Subscribete a semecanta