Desde que se mudó al barrio Luís sabía que era peligroso. Durante las horas de luz solar no tanto, pero en la noche no era bueno acercarse al puente donde nacía la avenida, ubicado a una cuadra y media de su apartamento.

Debajo de la estructura, los cartones amontonados dando forma a improvisadas “casas” de vagabundos, el olor a orina y los perros flacos que deambulaban siempre por ahí, daban a las claras la sensación de ser un lugar inapropiado para las “personas de bien”.

Pese a todo eso y por evitar caminar más cuadras para acceder a un paso peatonal que le representaba varios minutos más en el camino a su trabajo, Luís había juntado coraje y después de meditarlo bastante se decidió a cruzar por debajo del puente. Total, a las ocho de la mañana, con el sol ya alto y yendo con cuidado, ¿qué le podría pasar?, “nada”, pensó.

La primera semana todo marchó bien. Luís pasaba caminando rapidito, casi rozando el par de casillas de cajas de cartón de los vagabundos, aguantado la respiración para no tragarse los bahos nauseabundos que ellas emanaban. Hasta gracia le causaba ver los pies afuera de los pordioseros que parecían no inmutarse por el insoportable ruido del tránsito matinal.

La segunda semana la cosa cambió. El lunes, mientras Luís cruzaba como siempre, la escena habitual se vio alterada por la presencia de uno de los “dueños de casa”. Como por inercia Luís cambió la expresión tranquila de su cara, se apartó unos cuatro metros del camino habitual, y pasó con la cabeza gacha, levantandola cuando escuchó un – “Buen día”-, pronunciado por el hombre desalineado, de piel morena y mirada tranquila.

-“Buen día” – respondió Luís aún sin estar seguro si el saludo había sido para él. La sonrisa en el rostro del sujeto que cubría su cuerpo con un sobretodo gris y sus pies con zapatos muy viejos y sin cordones le confirmó que sí, efectivamente, el “buen día” había estado dirigido a su persona.

Siguió su camino con cierta incredulidad. Llegó al trabajo y luego de ocho horas volvió a su casa, como siempre. El martes a la mañana nuevamente pasó por debajo del puente y, una vez más, el mismo vagabundo lo saludó: – “Buen día”, dijo con tono simpático pese a su pinta de pocos amigos.

Una frase idéntica fue la que recibió como respuesta de parte de Luís, pero a diferencia de la primera dada 24 horas antes, ésta fue más distendida, con un esbozo de sonrisa. De todos modos, como siempre, mantuvo una distancia prudencial con su desalineado interlocutor.

Los días siguientes se repitió la misma escena. Sabían que ninguno representaba un riesgo para el otro. Luís ya no temía que le robaran la laptop que siempre llevaba en su mochila y en la que tenía gran parte de su trabajo, y el vagabundo sabía que las probabilidades de que Luís se quejara ante algún policía por su sucia presencia eran sumamente bajas. Se notaba que no era de “esos” vecinos.

A Luís ya se le había hecho rutinario saludar al vagabundo. Solo escuchar ese “buen día” parecía levantarles el ánimo. Se reconocían el uno al otro en un mundo de calles transitadas por completos desconocidos.

La cosa comenzó a cambiar una mañana; Luís dobló en la esquina y quedó paralizado viendo el despliegue policial y médico que se registraba debajo del puente. Un accidente de tránsito comenzaba a alterar su rutina.

Se alarmó mucho al ver que una camioneta roja se había llevado puesta la casilla de cartón del tipo con el que todas las mañanas se saludaba. El hecho de pensar que el vagabundo podría haber estado entre los cartones lo alarmó mucho. Lo angustió.

-“¡Qué manera más espantosa de morir!”, pensó Luís, “si no durmiera debajo del puente todavía estaría vivo”, continuó diciéndose internamente, hasta que oyó detrás de él una voz que le resultó familiar: – “¡Me salvé por poco!”, le dijo.

Cuando Luís giró sintió que el alma le volvió al cuerpo. El vago estaba bien vivo luciendo sus ropas desprolijas. – “¿El problema es dónde duermo ahora?”, agregó el hombre mientras miraba cómo la camioneta, literalmente, había aplastado su casilla contra uno de los pilares del puente, agregando que no era la primera vez que pasaba algo así.

Ésto conmovió a Luís. Ese día no le importó retrasarse. Dio media vuelta, volvió a su departamento y, sin siquiera él tenerlo muy claro, recolectó algunos ingredientes de la heladera e improvisó un desayuno; café y un par de sándwiches de queso. Volvió hasta el lugar del accidente, se acercó al vagabundo y le dio el alimento.

El hombre extendió sus manos cubiertas con unos guantes de lana negros sin la parte de los dedos, agarró la bolsita de nylon que le alcanzó Luís, y apenas pronunció “gracias” devoró el primer sándwich. Luís le palmeó el hombro y siguió el camino a su trabajo, aliviado sabiendo que nada grave había pasado con su “vecino”.

A la mañana siguiente salió unos minutos más temprano de su casa. Cargó su mochila con su computadora para el trabajo, y bajo su brazo llevó una manta abrigada que le regaló al vagabundo. Éste, recién levantado, volvió a agradecer el gesto amable de Luís que le preguntó: – ¿Está bien? ¿Cómo pasó la noche?

– “Bien amigo, en un departamento de segunda”– Respondió el vago largando una carcajada. Esa noche solo se había tapado con un cartón liso que apenas le cubría medio cuerpo.

Esa mañana la charla se extendió por algunos minutos. Luís le confesó que al principio le daba un poco de miedo pasar por abajo del puente de la autopista porque no sabía quiénes dormían ahí. Además le dejó en claro que andaba con mucho cuidado por las calles porque sabía que el barrio era bastante peligroso.

El pordiosero lo escuchó con una sonrisa y cuando Luís terminó de hablar le respondió:

-“No se preocupe amigo, yo lo cuido, para eso soy policía. – y se partió la boca desdentada con una carcajada. Luís también sonrió, levantó la mano en señal de saludo y siguió su camino rumbo al trabajo.

Las semanas siguientes fueron iguales. Saludos van y saludos vienen, hasta que un día Luís debió quedarse hasta más tarde en la oficina. Dudaba si regresar a pie porque la noche ya se había cerrado. A eso se le sumaba una lloviznita que apenas mojaba. Finalmente optó por el omnibus que pasaba cerca de su casa. Se subió y minutos después se bajó en la parada que lo dejaba entre el puente peatonal y las casillas de “su amigo”.

Comenzó a caminar con la mirada baja por la llovizna hasta que se vio obligado a levantarla de manera abrupta. Frente a él y de manera sorpresiva se paró un sujeto alto que cubría su cabeza con una capucha y el resto del cuerpo con un abrigo oscuro. Los ojos rojos y desorbitados le daban un aire de desquiciado que heló la piel de Luís. –“Dame todo. Dale, dale, la mochila…”- dijo exaltado el desconocido que había esperado a su víctima detrás del pequeño muro de una casa deshabitada.

Si por un instante Luís dudó en entregarle sus pertenencias eso se disipó cuando vio que en la mano derecha, a la altura de la cintura, el delincuente apuntaba un revolver derechito a su cuerpo.

En la calle no andaba nadie y mucho menos policías. Luís sabía que en la mochila tenía su computadora con “su vida”, los últimos avances de su trabajo, recuerdos que no había respaldado en discos externos y muchas cosas más que, una vez perdidas, serían imposibles de recuperar. También pensó, en fracciones de segundos, que era mejor perder eso y no morir por el disparo de un delincuente en plena calle solitaria.

Mientras con movimientos lentos iba desenganchando la mochila de sus hombros la violencia del delincuente se acrecentaba. Se le había casi que pegado al cuerpo. Luís sentía el olor a alcohol que emanaba del sujeto. Alcohol con quién sabe qué. Estaba muy nervioso y Luís temblaba a más no poder. No le salían las palabras. Para peor, cuando el delincuente recibió la mochila no se conformó, y le exigió plata, toda la plata.

– “¡No tengo nada!” – respondió Luís casi llorando. Sintió que se desmayaba cuando vio que el tipo, totalmente fuera de sí, comenzó a apretar el gatillo. ¡PUM! Oyó Luis y se meó en los pantalones. –“Estoy muerto”, pensó, pero no, él seguía vivo, el que estaba muerto era el rapiñero.

-“Te dije que te iba a cuidar”– escuchó Luís. Miró para el costado y ahí vio al vagabundo, su vecino. En su mano extendida se podía apreciar, aún humeante, una pistola reglamentaria habitualmente utilizada por la policía. ¿De dónde la sacó? Nade lo sabe.

Luís no dijo nada pues seguía en shock. Arrancó su mochila de las manos del delincuente abatido y rompió en llanto apoyándose contra la pared. Sorpresivamente la policía apareció a los pocos segundos del hecho. Primero un oficial en moto, después uno, dos, tres, hasta cinco patrulleros.

Tanto Luís como el mendigo que le salvó la vida, el mismo con el que se saludaba todas las mañanas, se fueron con la policía. Al cabo de unas horas Luis salió, el mendigo no.

Al otro día, mientras Luís miraba las noticias por la tele, se enteró que su salvador había sido enviado a prisión, la que abandonaría tiempo después por haber sido tildado de “loco”. Del hospital psiquiátrico al que lo habían confinado se escapó a los pocos meses de ingresar, no le costó mucho concretar la fuga y volvió a establecerse debajo del puente. Por su parte Luís, después de aquella noche fatídica abandonó el barrio y nunca más volvió a ver al mendigo.

Pero un día, mientras Luís como todas las noches seguía con atención el noticiero, quedó helado con una noticia de último momento: Se informaba de un accidente de tránsito fatal ocurrido bajo del puente donde nace la avenida, ese lugar por el que él tantas veces había pasado.

En las imágenes se veía claramente una camioneta roja, con la parte delantera hecha un bandoneón por el gran golpe que se había dado contra una de las columnas. Debajo de ella pedazos de cartón manchados con sangre. Luís quedó duro en el sofá, sintió una angustia profunda, todo era muy parecido a aquella mañana de hacía algunos años atrás en la que con sus propios ojos vio algo casi idéntico, la diferencia era que esta vez, nadie le palmeó el hombro con una frase jocosa desde atrás, para devolverle el alma al cuerpo.

Escrito por César Reyes 

 

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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