Cuando todavía vivía en San José, mi ciudad, una de las cosas que más me gustaba, era ir a tomar un vino cortado a la sede de Atlanta El Gráfico, el club del que soy hincha.

La infraestructura del lugar, pese a ser básica y bastante pobretona -como lo es cada uno de los aspectos del club menos el humano- me parecía hermosa. Ese era mi refugio después de todo un día de dar noticias en la 41, la radio local en la que trabajé hasta que decidí dejar mi país para venir a Ecuador.

Los amigos que me estaban buscando, si no me encontraban en casa o no les respondía el celular, sabían que eran altísimas las probabilidades de ubicarme en el extremo izquierdo de la barra roja del bar de la sede.

Ahí me desenchufaba. Hablaba de fútbol, de política, de minas. Me encantaba charlar con todos los que paraban ahí. Con los barman, los parroquianos, los integrantes de la directiva, los jugadores, otros hinchas. Hablábamos, simplemente eso.

La charla se interrumpía únicamente para pedir “otra”, pero difícilmente los interlocutores estaban con la cabeza para abajo atendiendo más al celular que al ser humano que tenían enfrente, haciendo sonar las piedras de hielo en un vaso con whisky, pintándose un bigote carmesí por embucharse un vino tinto lija o haciendo buches con cerveza.

Eran muchos los que llegaban a la sede para hablar con alguien mientras tomaban alguna bebida alcohólica. Uno de esos era –y es- Román. Un tipo cincuentón, alto, de mirada grisácea, como quemada por la atmosfera de los bares josefinos, dotado con una voz que sale como raspada contra la garganta. Su barriga pronunciada denota dos cosas: que es casado y que le gustan los copetines con amigos.

“El Román”. Un laburante de palabra sincera. Un lujo de interlocutor. Las charlas con él podían subir mucho de temperatura, y si veía que te empezabas a calentar te seguía provocando hasta que te salía humo de la cabeza, y era recién ahí que, por fin, te largaba entre risas un “¡ES JODA GIL!”. El ciclo siempre era el mismo. No sé cómo lo hacía, pero disfrutaba contradiciendo mis argumentos.

Por su edad era como estar hablando con mi viejo, pero con esa confianza rara y fugaz que se da la barra de un bar, esa especie de confesionario de los bohemios. Estoy casi seguro que a él, por mi edad, la de su hijo, le pasaba algo similar pero a la inversa.

Esto último lo dejo como hipotético, seguramente Román, si lee este texto dirá que no es así, que yo miento y que soy un boca abierta. Esa es otra virtud de Román, lo que piensa te lo dice sin importar las consecuencias.

Pero hoy se me vino a la cabeza una charla en particular. Pasó hace mínimo seis años. Esa noche no habíamos tomado mucho…todavía, y me dijo algo así como que si a los 33 años de edad un tipo no ha tenido la capacidad de hacer mucha plata, nunca va a llegar a ser rico en lo que le queda de vida, por más que sean muchos años.

Ese mensaje de Román me quedó sonando en la cabeza hasta hoy, lunes 16 de noviembre del 2015, fecha en la que estoy cumpliendo mis 33 años de edad.

Hace seis años atrás esta fecha parecía muy lejana, pero desde hace un par de años empecé a percibir claramente que se acercaba, de a poquito, pero sin detenerse. Eso me daba cierta ansiedad. Así como los seguidores de Star Wars están esperando al 18 de diciembre de 2015 para ver un nuevo capítulo de la saga, yo esperaba este 16 de noviembre.

Siempre, unos días antes de mi cumpleaños, me invadía una sensación de nostalgia rara. Supongo que sería un poco de angustia por saberme cada vez más viejo. La verdad no lo tengo muy claro, pero de lo que sí tengo certeza es que hoy, esa sensación, desapareció como de un sopapo.

Mientras caminaba desde mi casa a mi trabajo, esos 35 minutos bajo el matinal y fulminante sol de Quito, me sirvieron para, una vez más pero esta vez con la imaginación, encontrarme en la barra de la sede de Atlanta El Gráfico con Román. Esta vez yo tenía la palabra y él no pudo contradecirme en nada.

¿Qué beneficios busca una persona que pretende ser rica? – me pregunté al comenzar a analizar aquello que él alguna vez me había dicho.

Seguramente el dinero necesario que les permita estar tranquilos, satisfacer sus deseos materiales, comer rico, tener mucama, saber que cuenta con la guita suficiente como para pagar medicinas caras en caso de requerirlas, estabilidad, un auto que se ajuste a sus aspiraciones, unas cuantas casas de veraneo aparte de la mansión propia, viajes, poder. ¿Y todo eso para qué? Me supongo que para poder experimentar una sensación de felicidad, la que debería devenir de todo lo anterior.

Después de eso comencé a mirar, de manera detenida, cómo está mi vida actualmente. Ahí me di cuenta que todas las mañanas a la primera persona que veo es con la que mutuamente nos elegimos para compartir nuestros días. ¡Gol a mi favor desde el vestuario con ese arranque de jornada!

Nos levantamos pensando en que tenemos que llegar en hora a trabajar, algo que es muy bueno porque eso quiere decir que no pertenecemos al porcentaje de personas desocupadas. ¡Segundo gol a mi favor!

Mi primera actividad no fisiológica es bañarme para salir a afrontar al mundo en la calle. Lo hago con agua caliente. Como dijo el gran actor Ricardo Darín en una entrevista, “¿Sabés cuánta gente no tiene la posibilidad de ducharse con agua caliente en el mundo?”. Yo sí puedo hacerlo.

Después de eso me visto sin repetir ninguna de las prendas que me puse el día anterior, después me dirijo a la cocina y desayuno bien, cosa de salir con la barriga llena. ¿Cuántas personas en el mundo no pueden hacer eso con 5, 20, 33, 50 u 80 años de edad?

De lunes a viernes camino a mi trabajo que, como ya dije, queda a 35 minutos de mi casa, unas veinte cuadras de una ciudad que se agita desde bien temprano. En el trayecto atravieso una estación de servicio, en la que todos los días agradezco tener piernas. Me alegra saber que no tengo que hacer fila al rayo del sol, esperando que algún pistero se digne a atenderme, y encima tener que pagar por eso.

Cuadras más adelante tengo que atravesar un parque que viene a ser como el pulmón principal de la ciudad en la zona norte. Ese es un privilegio. Cuánta gente quisiera poder pasar por el parque antes de entrar al trabajo. Poder caminar entre los árboles, respirar un poco del aire matinal que aún no está tan cargado de smog, o mojar sus zapatillas con rocío. Yo lo hago y hasta me he dado el lujo de caminar descalzo por el pasto. Eso no tiene precio.

Minutos después llego a la agencia donde hago algo que me gusta, compartiendo con un grupo de personas a las que aprecio un montón y, como si eso fuera poco, me pagan por hacerlo. Y no piensen que es un disparate lo que gano, pero si bien no tengo lujos, satisfago todas mis necesidades sin mayores sobresaltos, lo que me permite dormir tranquilo bajo un techo de alquiler. No me angustia aún no tener un techo propio, porque sí tengo una mochila amplia y cómoda en la que puedo cargar todas mis pertenencias para salir al camino cuando me pinte hacerlo.

Al final del día también tengo el placer de regresar caminando. Dos por tres me tomo unas cervezas con amigos antes de llegar a casa, y esos son dos aspectos importantes: comparto con gente que me alegra la existencia y tengo un lugar a donde llegar, y lo mejor de todo, alguien me espera. No te imaginás cuánta gente quisiera poder abrir la puerta de su casa y escuchar la pregunta: ¿Cómo te fue hoy?

En ocasiones las lluvias de Quito me sorprenden en pleno camino, me ensopo hasta el alma, pero cuando llego a mi casa puedo ir al placard y sacar ropa seca para ponerme y quedar como nuevo. ¿Sabés cuánta gente me cruzo en el camino que solo tiene lo puesto?

En las noches miro los programas que me gustan, me contacto con mi familia y amigos de Uruguay, pico algo y, lo mejor de todo, me he dado cuenta que me rio más de lo que estoy serio.

Ya no me inquieta fracasar, cada vez que eso ha sucedido, el destino me ha deparado, en el corto o mediano plazo, un éxito mayor del que buscaba mediante esas cosas que me han resultado esquivas. Eso me da tranquilidad para afrontar las situaciones que adversas que se puedan presentar en mi vida.

Cuento con un grupito de amigos de toda la vida en los que puedo confiar. ¡Confiar! ¿Dónde se compra la confianza? Tengo unos cuantos proyectos germinando y quizá la mayoría de ellos nunca lleguen a florecer, pero por el momento están ahí, vivos y siendo regados todos los días.

Sé que me estoy olvidando de muchas cosas que me hacen bien y eso que no hablé de mis fines de semana. También sé que para la mayoría esto que cuento no es más que satisfacer las necesidades básicas o ser un conformista extremo, pero para mí, este conjunto de cosas es ser feliz, eso que diariamente tanto buscan miles de pobres ricos pero que nunca van a poder pagar.

Hoy, 16 de noviembre de 2015 me surgió una nueva pregunta: ¿Por qué si hay tanta gente que vive como yo y aún con muchas más posibilidades, veo tantos amargados y con cara de culo por el mundo? Tengo la esperanza de tener la respuesta para el 16 de noviembre de 2048, dentro de 33 años, cuando yo cumpla 66 y Román esté lo suficientemente viejo como para ya no ir hasta el bar de la sede de Atlanta El Gráfico a contradecir mis argumentos.

Escrito por César Reyes 

 

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

2 Comments

  1. bachita beltrán

    17 noviembre 2015, 9:59 pm

    CHONGUITO, cada día que leo tus relatos me sorprenden gratamente,tu optimismo y gratitud ante la vida me da la certeza de que lo que tienes no es suerte, son puras bendiciones porque DIOS te ama

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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