La primera vez que sentí la pasión de una hinchada en un estadio de fútbol fue cuando tenía siete años de edad. Tarde para un uruguayo que, como mis compatriotas, poco menos que nacemos con una pelota abajo del brazo.

Fue una tarde de domingo de 1990, el 24 de junio más precisamente en el Casto Martínez Laguarda, el estadio de San José de Mayo, mi ciudad en Uruguay.

Ese día Río Negro, equipo que oficiaba de locatario, recibía a Wanderers del departamento de Artigas, que está bien al norte del país, haciendo frontera con el gigante Brasil. Unos habilidosos los bahianos. Por su parte “los Cebritas” –así le dicen a Río Negro- contaban con el plantel que a nivel local había ganado todo. ¡Duelo de gladiadores!

A todo esto hay que sumarle que una semana antes, allá, en Artigas, al culminar el primer partido final, habían quedado empatados en uno. Eso hacía que todo se tuviera que definir esa tarde dominical, ese 24 de junio era la fecha marcada en el calendario para que unos alcanzaran la gloria y los otros, los que perdieran, quedaran relegados a ese espantoso lugar denominado “Vice Campeón”.

Cuando llegué al estadio me acomodé en una de las butacas rodeado de gente vestida con camisetas y sacudiendo banderas blancas y negras, los colores de Río Negro. Antes del partido las inferiores del club desfilarían alrededor del estadio. En uno de los planteles estaba Víctor, mi hermano mayor, eso justificaba mi presencia en el escenario deportivo.

Como presagiando lo que sería mi vida entorno a este deporte, yo quedé relegado al lugar de espectador, puesto que hasta ahora he sabido mantener y en el que me afianzo más a medida que los años me pasan por arriba. En eso sí soy titular indiscutido.

Cuando saltaron a la cancha los jugadores de Río Negro el estadio rugió por primera vez en la tarde. Desde el túnel asomaron Ricardo Machado, el arquero que era oriundo de Artigas, de donde venía el rival de esa tarde; Alejandro Pianzola, un tipo de voz chillona que organizaba todo desde el fondo en su rol de capitán; “El Chino” Scott, Jorge y Carlos Cabrera, Martín Taborda, Oscar Muñiz, Alfredo Peluffo, Leonel Soria y el Negro Darío Bravo.

Ellos habían sido los elegidos por el “Maestro” Jorge Menéndez, quien muchos años después de aquel domingo se convertiría en mi profesor de Geografía. Pero aquel 24 de junio de 1990 la lección también era para él, que, en función de su estrategia y según el resultado, podría saborear la gloria junto a sus muchachos o masticar en silencio la derrota.

Cuando el partido comenzó todo era “normal” dentro de lo que es una finalísima. Mucho cuidado de parte de los jugadores, tratando de tener la pelota y generando alguna que otra jugada de riesgo. Algo aburrido para un pibe de siete años que preferiría andar correteando por las calles del barrio antes de estar sentado como estaca junto a la madre de un compañerito en una tribuna de estadio.

Pero después de un rato, mientras imitaba a los demás hinchas haciendo fuerza para seguir con atención por dónde iba la pelota, pasó algo mágico que cambiaría mi vida futbolera para siempre.

Iban 28 minutos del primer tiempo cuando los defensas bohemios Larronda, Cristaldo, Quevedo y López, vieron, como vimos los miles que estábamos en las gradas, como la pierna derecha del Negro Darío Bravo, cual carbón rayando la alfombra verde del césped, interceptó, en el corazón del área, una pelota que había derivado de un saque por la banda izquierda. La mandó contra el palo del arco que da “al fondo de la capilla”, medio abajo. Jorge Oronoz, el arquero de Wanderers no pudo hacer nada para evitar el tanto locatario. La pelota ya estaba en el fondo de la red.

Los jugadores de Río Negro siguieron su carrera de la jugada para convertirla en parte del festejo. En las tribunas la gente cebrita se volvió loca.

Faltaba mucho. Una eternidad. Desde ese momento nadie apartó su vista de la pelota. Tampoco yo. Y fue desde ahí, desde ese gol del Negro, que comencé a saber lo que es padecer nervios y ansiedad por culpa del fútbol.

Fue esa tarde de 24 de junio de 1990, por culpa del Negro, que mi corazón comenzó a latir al ritmo del segundero del reloj del árbitro, como el de todos los que se jactan de ser uruguayos y futboleros.

Fue por eso que cuando el Huber Rosas decidió dar los tres pitazos que marcaban el final del partido supe que algo en mí había cambiado para siempre. Entré al estadio siendo un niño y salí convertido en hincha del deporte más lindo del mundo.

Desde esa tarde, hace ya más de 25 años atrás, los domingos me saben diferentes, a estadio, a coros de tribuna, al ruido seco de trancazos, a papel picado o gritos de gol de relatores zafados, y saben qué? ¡La culpa es del Negro!

Por ese gol, su gol, es que yo me enamoré del fútbol y poco después encontré en la camiseta de Atlanta El Gráfico a la novia de esa gran pasión.

En la actualidad, cada lunes, cuando veo el resumen de los mejores tantos de la fecha convertidos alrededor del mundo, ninguno, por bueno e importante que sea, supera a aquel del 24 de junio de 1990, pues cuando el botín derecho del Negro disparó la pelota al arco de Oronoz, no solo se convirtió el gol más importante de la historia cebrita, sino que yo, mientras la “O” de GOOOOOOOOOOOOOOOOL cubría el aire del estadio, me convertía en hincha, para siempre, y por ende, me volvía, por fin, ya con siete años de edad, en uruguayo, al 100%.

Escrito por César Reyes 

Acá está el video. La verdad no se ve un pomo, pero es la prueba de que lo que decimos realmente pasó.

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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