Ojos TapadosNo hace muchos días atrás la humanidad se horrorizó con la foto de Aylan Kurdi, un niño sirio de 3 años de edad que murió ahogado mientras su familia pretendía llegar a Grecia para escapar así de la guerra civil que asola a su país natal.

La mamá del niño también corrió con la misma mala suerte del pequeño. Únicamente el padre de Aylan logró llegar con vida a suelo europeo. La familia viajaba en un bote para cuatro personas, que en ese momento ocupaban 15.


Todo un cúmulo de anormalidades que por estos tiempos se han vuelto comunes en aquella zona del planeta. Casi a diario se muere gente ahogada, de todas las edades, y entre ellos muchos niños, como Aylan Kurdi.

Éste, Aylan, podría haber sido uno más en la estadística, si es que alguna registra la suerte que le toca correr a los inmigrantes, pero no, este niño de tan solo tres años tuvo la fortuna o el acierto, con una sutil ayuda del destino, de cruzar su cuerpo dormido para siempre frente a Nilufer Demir, una fotógrafa turca que sólo disparó su cámara, como otras tantas veces. Lo que la reportera gráfica nunca imaginó fue que esa captura en particular pegaría uno de los gritos más fuertes de la historia moderna de la humanidad.

Tan grande fue el grito de esa foto que hizo que muchos taparan sus oídos, pero no sus ojos. Siempre, como humanos, nos ha sido más fácil ver cosas digeridas que analizar argumentos.

Desafortunadamente para el modelo de turno ya era muy tarde. También para su madre y para muchos de sus compatriotas sirios, o vecinos africanos, o quién sabe de qué otro lugar de origen, donde al parecer, las balas y los fusiles tienen más derecho de habitar que los propios humanos, los inocentes y que nada tienen que ver con ideologías y mucho menos con el poder.

La foto del cuerpo de Aylan Kurdi fue tomada bien lejos del lugar donde se desarrolla el conflicto armado del que escapaba su familia. Por eso tuvo tanto impacto. En su país hubiera sido algo de todos los días, pero su cuerpo de niño –o de ángel- cometió la infantil travesura de aparecer en el inmaculado suelo del viejo continente.

Su imagen nos hace ver de una manera contundente que, pese a los miles de kilómetros que pueden haber de distancia, los gatillos que se aprietan en otros lugares del mundo, también salpican de sangre y sobre todo de vergüenza a los que geográficamente estamos “lejos” del conflicto, pese a que vivimos en el mismo lugar.

¿Pero qué pasa cuando no aparece una Nilufer Demir para tomar la foto? ¿Qué pasa cuando no ponen ante nuestros ojos la imagen que nos “avergonzará como humanidad”? No pasa nada. En absoluto. El dolor se reduce a círculos íntimos, cercanos a la víctima, el resto del mundo ni se entera y no hace nada por enterarse.

Como millones de personas en el mundo también yo hablé con mis allegados de la foto, del niño y del drama de los refugiados. Uno de los lugares en los que comenté el asunto fue en mi trabajo.

Precisamente ahí, en una charla matinal con olor a café, un compañero cubano me contó la historia de una familia de su país que, como miles y miles de isleños, buscaban salir de su tierra para alcanzar el promisorio suelo estadounidense. En el medio, el mar.

La situación era casi idéntica a la que le tocó atravesar a la familia siria.

Con el doble de fuerza que el hombre agarraba sus valijas, su mujer sostenía a su hijo en brazos. Seguramente al encontrar sus miradas ella, la madre, vislumbraba un futuro de oportunidades, nuevo y mejor, para todos ellos. Hasta que sucedió lo peor. El vaivén del agua embravecida y el infortunio, seguramente operando con la complicidad del cansancio, hizo que de los brazos de la mujer se desprendiera el ser más valioso en el mundo para ella, su hijo. Se lo tragó el mar. Igual que a Aylan.

Cuando le pregunté a mi compañero por el nombre del niño no me supo responder. Eso me heló más la sangre, porque los nombres que se me vinieron a la cabeza fueron Valentino, Sofía, Corina, los de mis sobrinos pequeños, y eso me dio una profunda sensación de angustia y una pizca de miedo.

El niño cubano murió en circunstancias casi idénticas a la de Aylan, pero en su caso no hubo foto, y si no hay foto para la humanidad no vale, o simplemente, no existe.

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Escrito por

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

1 Comment

  1. bachita beltrán

    15 octubre 2015, 10:04 pm

    felicitaciones tus relatos me llenan el corazón aveces de alegría, otras de pena y angustia por no poder extenderles la mano y el corazón a los hermanos de otras geografías.pero DIOS lo tiene en cuenta.

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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