Por Leo A. Bermúdez (Conocelo al final del post)
Por Leo A. Bermúdez (Conocelo al final del post)

Recuerdo que por esos días yo había dejado los bares de mala muerte donde hacia música y por medio de mi hermana encontré un trabajo. Así fue como llegué a hasta San Telmo.

Eran las seis de la tarde de mi quinto día de laburo, cargaba encima mi chaqueta de cuero y seis pesos. Como de costumbre, llegó uno de los habitantes del lugar, necesitaba un par de monedas para comprar una cerveza, puse la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta y saqué 2 pesos.

– Pibe te has ganado un traguito– dijo. No pude evitar la risa por aquel acento español.

-¿Cómo te llamas?-pregunté – ¿¡Cómo me llamo yo!? -rió. Mi nombre es Vicentin, pero dime García como Charlie, sí, así me gusta más, aunque Charlie me parece un pelotudo, pensándolo bien mejor dime Vicentin – Volvió a reír he hizo un ademán muy extraño con la mano, como haciéndole una cresta al sol mientras se colocaba sus gafas.

–Me has caído bien. Ahora vuelvo con esto– dijo señalando la botella.

No paso más de un cuarto de hora cuando Vicentin volvió para ofrecerme un sorbo de la cerveza recién comprada, agradecí el gesto tomando un trago mientras él sacaba un par de pinceles con los cuales daba forma a los pechos de una mujer.

–¿Busca un lugar para comer?– Pregunté mientras pasaba una pareja tomándose de la mano , la chica me sonrió con amabilidad antes de que su acompañante dijese que no buscaba ningún lugar en especial, y al igual que Vicentin preguntarme – ¿De dónde sos? ¿Vos no sos de acá, verdad?“No”– Respondí

– ¿De dónde sos?

-De Portugal– Respondí, un poco molesto por la pregunta.

– ¡Miráaaa… Portugal!– dijo, y justo cuando estaba por acotar algo acerca de mi origen apareció alguien a quien ya conocía –Ey Agustín, ¿me regalas un pucho?

– Claro– Respondí mientras me llevaba la mano al bolsillo de donde minutos antes había sacado los dos pesos.

-¡Ey Mati!– Habló Vicentin – ¿Qué haces?

Estuve todo el día en el baldío, encontré este par de cosas que seguro te sirven-Dijo indicando un viejo lienzo pintado por un lado y unos pequeños baldes de pintura que aunque algo secos aun servían.

-¿Quieres pintar?

–Dale– Contestó mientras tomaba las cosas de donde las había apoyado y caminaron hasta la siguiente esquina alejándose cada vez más.

Ya habían pasado más de 7 de horas desde que entré a trabajar y estaba a punto de salir. Eran cerca de las 11 de la noche y no habíamos tenido mucho movimiento en el restaurante.

Estaba ansioso y seguramente iría a tomar un trago esperando que algo ocurra, pensaba en la noche en que conocí a Blanca, ella era de esas chicas con las cuales se puede hablar diez horas y así fue, claro después de la charla hicimos el amor en el piso de su habitación en el hostel de la esquina, estábamos rodeados por 6 camas vacías y una holandesa bajita que había llegado a Buenos Aires para aprender Español, y cuyo vuelo había sido cambiado en la mañana de ese día.

Nos quedamos dormidos desnudos en medio de la habitación, al día siguiente nos despertamos abrazados, sabíamos que eso había sido todo y salimos del hostel junto con la holandesa.

Tomé mi maleta, me despedí de un par de compañeros y caminando rumbo a ese kiosco donde venden cerveza a cualquier hora -¡hey portu!- escuché desde la siguiente cuadra, me detuve observando la calle, era Mati.

– Agus, mirá esto– dijo mientras me indicaba un cuadro de un cráneo atiborrado de pintura por todas partes.

-¿Te gusta? -preguntó- Lo hicimos hoy con García, mientras lo pintamos pasaron unas gringas que nos lo querían comprar. Nosotros quedamos en ir a dejárselo cuando acabemos, les dimos un llamado pero no contestaron, después recibimos un mensaje que decía que pasemos exactamente 12 de la noche por el domicilio, nos dejaron la dirección, es acá cerca. ¿Quieres venir? –“”- respondí -¿Y tu amigo? – ¡García!, no viene el muy estúpido, decidió quedarse en una cantina. Bueno Portu, este es el plan, compramos un vino barato y al llegar te haces pasar por nuestro curador, tu trabajo es convencer a estas gringas de que este cuadro tranquilamente se puede vender en Milano, le pones un módico precio, no menos de 500 pesos, y vamos a partes iguale. ¿Qué decís Portu, te copás?

No sé cómo me dejé convencer, pero llegamos hasta la dirección sobre la calle Carlos Calvo. Al timbrar contestó una chica con el mismo acento que Vicentin.

– ¿Bueno?

– ¿Está Lois? Venimos a dejar la pintura.

– Dale. Abro enseguida.

Estaba a punto de convertirme en Curador y no tenía la más mínima idea de lo que era. Habremos esperado 10 minutos cuando vimos el ascensor bajar, en él una mujer alta de estatura, veintitantos, cabello largo, de piernas gruesas.

– Hola. Pasen– dijo dirigiéndose a Mati que tenía el cuadro tapado con una sábana. En ese momento él aprovechó para presentarme como Curador de sus exposiciones, hablarle sobre la próxima presentación de Milán en la galería de arte contemporáneo y contarle algunas mentirillas más con las cuales ella quedó encantada de escuchar, pues nunca había conocido “artistas callejeros” tan exitosos, ni siquiera en la misma Barcelona de donde ella provenía, y según dijo allí hay mucho arte en la calle, la realidad es que evitaba reírme, se me hacía tan gracioso que esta chica con pinta alemana tuviera ese acento y fuera tan “inocente”, es la palabra.

A decir verdad no es la primera vez que ayudo a Matías en uno de sus embustes, pero seguramente es la primera vez que le creen tan fácil y él lo sabía. Para cuando llegamos al 5 piso se abrió el ascensor, caminamos por el corredor hasta la letra A, la chica sacó las llaves he hizo un poco de esfuerzo para abrir la puerta, ante mis ojos un 2 ambientes quedó al descubierto; buenos muebles, televisor y un balcón que daba a la calle, este era de esos departamento que seguramente tenía un buen anuncio en internet y un módico precio en dólares.

Al entrar saqué mis cigarros de la chaqueta, y yo que hasta ese momento no había dicho más que hola, me acerqué a la chica y pregunté si podía fumar, ella respondiendo afirmativamente señaló el balcón, me dirigí hacia el lugar, empujé la puerta corrediza, me apoyé en la baranda dando la espalda al paisaje de la ciudad observando la parte interna del departamento.

Matías había apoyado el cuadro, la chica que había abierto la puerta ahora abría la refrigeradora mientras otra chica salía de una de las recamaras, ésta era un poco más baja y delgada que la que estaba en el refrigerador, tenía un rostro bellísimo.

–Lois hemos traído un vino, Agus ven, deja el vino aquí- dijo Matias.

Me acerqué hacia la mesa y dejé la bolsa con la botella, después saludé otra vez (no sé por qué siempre saludo dos veces) y me presenté como curador. Le había interesado mi acento y pensando que era brasileño me contó que estuvo en Rio de Janeiro y en Sao Paulo, que le había gustado mucho Brasil, a lo que acoté que nunca haba ido pero que me gustaría.

¿Qué, no eres de brasileño? – Preguntó desconcertada, y aunque realmente estaba harto de que todos pensaran lo mismo, sin dar evidencia de ello le conté que era de Portugal. Al instante la otra chica tomó asiento a lado de Lois y colocó una botella de cerveza al lado del vino. Matías me hizo una seña con la mano y dijo -Agus- Me acerqué con calma he introduje la charla a los negocios tratando de jugar el roll que me correspondía para la ocasión.

Señoritas como ustedes verán esto no se trata de cualquier obra de arte, esto es algo innovador, de artistas aún no reconocidos es verdad, pero pese a eso, yo, como su Curador, estoy gestionando su primera exposición en Milán y es que definitivamente estamos hablando de una obra con una calidad absoluta.

Ahora bien damas, me gustaría primero saber cuánto podrían ustedes ofrecer por el cuadro, ya que ni a Matías Almada ni a Vicentin García les ha interesado nunca usufructuar con su arte, el cuadro no tiene precio así que escucho su oferta. Ni bien dichas estas palabras y mirándose fijamente entre ellas respondieron:

– No podemos ofrecer más de 500– dijo Lois. Mati me miró y dijo “” con sus ojos.

¡Qué fácil ha sido! 500 pesos, después de todo creo que realmente podría ser un gran Curador. Lois sacó un fajo de billetes de 100 euros y fue depositando sobre mi mano la suma acordada. Me temblaba la mano. Cuando dijo 500 pensé en pesos, ella me miró y dijo: ¿Te parece bien todavía?

Matías y yo nos miramos. Habíamos vendido un cuadro por 500 euros. Reí en mi mente y tratando de aparentar la seriedad del caso, acepté la oferta acotando que me parecía una suma razonable. Acto seguido la otra chica -de la que yo seguía sin saber su nombre- se levantó para encender la radio y descorchó otra botella de vino, me sonrió.

Mientras miraba sus ojos pensé en esas circunstancias extrañas, que se muestran haciéndote saber que ser un pobre diablo no es tan malo. Al servir las copas por cuestiones de superstición, propuse que nos miremos a los ojos, las copas sonaron, Lois y la otra chica se tomaron de la mano, Matías sonrió – Salud Portu, salud.- dijo.

 

Leo

Leo A. Bermúdez nace en Quito el 4 de abril de 1989,  no pertenece a ninguna religión ni es hincha de equipo  alguno. Su formación profesional sucedió en la sala de su casa, adicto a la música que nadie escucha, acérrimo fan a ediciones baratas de libros  antiguos, agitador frecuente, se gana la vida como profesor de música de primaria y preprimaria. Se dice que es capaz de hacer milagros tales como que el gerente turco de un bar invite la última ronda.

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  1. EXCELENTE!!!!!!!!!!!!!!!!

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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