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Por Héctor Martínez (Ver perfil del autor al final del post)

Difícil de olvidar la cara del Sr. Melo, enojado, meneando la cabeza, rascándosela, sin encontrar una explicación. Yo regresaba del liceo caminando por calle 18 de julio y percibí su irritación desde lejos.

Cuanto más me acercaba percibí que de sus ojos parecían salir chispas y la verdad no era para menos. Frente a él, un tarro de más de 20 litros de pintura roja brillante vertía accidentalmente todo su contenido sobre la calle.

El Sr. Melo y los jóvenes empleados de su taller de radiadores, trataban por todos los medios de evitar que el tránsito vehicular se viera entorpecido por el accidente laboral. Aquello parecía un gran despliegue de utilería para la escena de una película. Todo el ancho de la calle 18 de julio estaba cubierta por esa pintura de un rojo muy particular, rojo brillante.

Con el paso de los minutos la cosa se fue tranquilizando. La mancha resultante fue de 2 metros cuadrados aproximadamente, y se convertiría en algo característico pues perduraría bastante tiempo frente al taller.

Por esos días mi vida transcurría entre el liceo Sagrada Familia, el campito con interminables tardecitas tras una globa, que también agregaba un desafío: evitar que la pelota se fuera a las zanjas que bordeaban la improvisada cancha.

Por aquel tiempo, las tarde de la tele se iban viendo Señal de Ajuste, Pibelandia, El Zorro, Pepe Biondi, Daktari, Jhony Quest, El Santo, Ultra Seven, Los Tres Chiflados e innumerables dibujos animados. Las canchas de verdad que estaban más cerca eran (y son) la de Nacional y la de Río Negro.

En aquel tiempo me entretenía leyendo los diarios que mi viejo compraba los fines de semana. El diario “La Mañana” nos lo llevaba un canillita, Herrera, todo un personaje montado en su bicicleta. Él tenía la increíble particularidad de ir hilvanando versos gauchescos, matizándolos con los nombres de los diarios.

El sabía que tenía público cuando pasaba en las mañanitas domingueras por calle 18 de julio, pedaleando, uniendo en versos la cancha de Río Negro, el puentecito sobre el arroyo Mallada y la cacha de Nacional. Este señor no sólo repartió diarios, también repartió versos y muchísimas sonrisas. Su encanto duró hasta mediados de los años 80.

Pero volviendo a mi historia, el cine también me apasionaba. Luego de devorar la página de deportes leía la sección “Cine”. Ahí comentaban sobre una película llamada “Taxi Driver”, protagonizada por Robert De Niro y la muy joven actriz Jodie Foster.

Me quedó grabado que esta joven tenía la misma edad que yo, e interpretaba un papel muy complicado, de una prostituta que trataba de ser rescatada de ese ambiente por un veterano de la guerra de Vietnam, mentalmente inestable y taxista .

A las pocas semanas de leer sobre dicha película, me enteré que la iban a dar en el cine Artigas, yo tenía que estar ahí. Fue así que una tardecita me encaminé rumbo al cine, ubicado en el centro de la ciudad de San José de Mayo. Yo iba pensando “que curioso esta chica tiene mi misma edad y encara papeles muy jugados y yo soy un pibe que ni siquiera tengo edad para ver la película”. Iba caminando por calle 18 de julio y cuando pasé por el taller del Sr. Melo y ahí la vi, al lado de la acera, la mancha gigante de pintura roja brillante. Fue imposible retirarla y ahí estaba, firme en el asfalto.

En la película hay una escena donde el taxista es herido, cae moribundo y ese genial actor que es Robert De Niro realiza un gesto, con su dedo índice apunta hacia su cabeza, mira a su asesino y se dispara, mientras de su boca sale un push push y cae.

Quedé impactado con esta película, a tal punto, que cuando salgí, todavía metido en la trama, llegué al hall del cine y repetí la escena hago como si me disparara en la cabeza push push. Ella me vio. Una joven desconocida esperando en el hall. Ese instante mis ojos se cruzan con su mirada y me regaló una sonrisa. Aquella bala imaginaria no había entrado en mi cabeza, entró directo en mi corazón.

Su sonrisa todavía vive en mi memoria. Con los años aquel rostro tímido y sonrojado de esa joven tiende a borrarse, la memoria, mi memoria empieza a tener poros. Las imágenes se van desdibujando; también se borra lenta y paulatinamente, con la lluvia, el sol, con el trajinar de miles de ruedas, con el tiempo, una mancha de pintura roja en la calle 18 de julio, a veces me detengo a verla, lejos está de su tamaño original, el peso de los años corre para los dos, pero ambos… seguimos resistiendo.

 

HéctorPERFIL DEL AUTOR

Héctor Martínez vive en la ciudad de San José de Mayo en Uruguay, es médico e hincha rabioso de Peñarol y Río Negro. Su padre tuvo una carnicería que estaba sobre calle 18 de julio, punto neurálgico del barrio Ogando. Vos te estarás preguntando ¿qué joraca tiene que ver que su padre haya sido carnicero? La verdad mucha, porque para los que tenemos cultura de barrio ser el hijo del carnicero del rioba es el equivalente a tener “sangre azul” en otras tierras. ¡Bienvenido Héctor!

 

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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