Coca
Isabel “Coca” Sarli

Hoy estaba buscando una foto para mi trabajo. Como habitualmente hago me fui al buscador de Google y ¡plum! En la galería de imágenes que se desplegó frente a mis ojos aparecieron varias fotos de minas en cueros y poses sugestivas.

Bueno, para ser sincero, estás no disimulaban nadita. Porno, porno, no medias tintas, PORNO, así, con mayúsculas y a un enter de distancia. Accesible para todos, ¿la edad? Eso es lo de menos en Internet. Pero, ¿de qué asustarse?

Los pibes de ahora nacen con internet, por ende con acceso a ver lo que hace un rato se desplegaba ante mis ojos. Desde una Mac hasta una inofensiva Ceibalita, en todos lados se meten estas imágenes chanchas que invaden el mundo 2.0

La verdad me sentí indignado. Indignadísimo a decir verdad. ¿Cómo puede ser que los pibes de ahora la tengan tan fácil? ¿Vos te imaginas todo lo que hacíamos antes para ver un poco de porno? Bueno, si tenés más de 30 años como yo seguramente estás sintiendo la misma indignación.

A principios de los 90 yo todavía era un niño. Siempre andaba pegado a mi hermano Víctor que en aquel entonces (y aún hoy) tenía tres años más que yo. Él era de los grandes de la barra que tenía su punto de encuentro en el campito que forman la intersección de las calles Barreiro y Chucarro en el barrio Colón de mi querido San José de Mayo en Uruguay.

Hubo una época en que casi todos los martes, después de haber jugado un picadito de fútbol en el campito, alguno largaba:

Está bueno para alquilar unas pelis el sábado en la noche.- Eso significaba –¡qué ganas tengo de ver una porno!

Y así comenzaba la cosa. El grupo de mi hermano mayor -los grandes- era el que craneaba la operación. Los chicos como yo escuchábamos con atención y hacíamos mérito para que, bajo la supervisión de “un mayor” -mi hermano con sus 14 años- nos permitieran ingresar a la velada sabatina de cine de trasnoche.

Siempre se decidía lo mismo. Se alquilaba una película de humor, algo así como “Los bañeros más locos del mundo” en su primera edición, una de karate onda Águila Negra de Jean-Claude Van Damme, una “picante” corte Porcel y Olmedo y para el final, para bien entrada la madrugada, la porno. ¡LA PORNO! Lo grito ahora con 32 años porque en aquel tiempo lo decíamos bajito, bien bajito para que nadie oyera ni una palabra de nuestro pervertido plan.

Después de eso se definía a la delegación que iría a sacar las películas del video club. Video Club Escarabajo, en pleno centro de la ciudad. Hasta ahí se dirigía la cruzada que tenía por objetivo regresar portando el arma que daría a nuestros cerebros la motivación para descargar toda la energía adolescente, esa que recién se está despertando por esas edades.

Las películas porno estaban a mano derecha, la misma que la mayoría después ejercitaría, contra un rincón y tapadas sus fotos con papel celofán verde y rojo. Para disimular y que los habitués de esas películas no quedaran en evidencia ante los ojos de otros clientes, los empleados del video club sacaban una torre de catálogos con los cientos de títulos que tenían para ofrecer.

Morenas, asiáticas, gringas, interracial, extremo, lo que quisieras. Todo estaba en ese catálogo de lo prohibido que se miraba con disimulo cada vez que algún mayor se acercaba a pagar o a hacer la devolución de algún film. Si la que se acercaba era mujer no te digo. Colorados de cara es poco. Eso era lo peor que te podía pasar. Aparte antes los sábados en la noche los videoclub volaban de gente, lo que dificultaba aún más la misión de escoger un buen titulo para satisfacción del resto de la barra que ansiosa esperaba en el campito del barrio Colón.

Al rato, ya a mucho de haber caído el sol, aparecían las bicicletas con los héroes de la noche. En una bolsa de nylon oscuro transportaban una pila conformada por películas en formato VHS. Eso era felicidad. Ahora venía lo otro, demostrar cierto interés por las tres películas que sí o sí nos teníamos que comer antes de la porno, léase la de humor, la de karate y la “picante”. Unas seis horitas en promedio. Toda una epopeya fílmica para nuestros ojos. Algunos se dormían frente al gigantesco televisor Philips, aquellos que tenían un culo como de un metro. Otros, los más osados, directamente pedían que los despertaran cuando estuviera por terminar la picante. En ocasiones, de hijos de puta nomás, no se les decía nada, y también roncaban mientras en la pantalla los actores gemían como si se estuviera acabado el mundo.

Así era, después de seis horas, de 360 minutos de ver a Emilio Disi y Berugo Carambula haciendo de las suyas en Mar del Plata, de sorprendernos con las palizas que Van Damme le daba a sus oponentes y de ser cómplices de Porcel y Olmedo, llegaba el turno de la más esperada por todos, y no esperada por esas últimas seis horas, esperada desde el pasado martes. Ahí estaba, a pocos centímetros de ser insertada en la videocasetera, un momento sublime en nuestras adolescentes existencias.

Ahí sí nadie hacía ruido. Todos en silencio. Aparte casi pegados a la pantalla, porque el volumen estaba en media rayita, bien bajito para que no escucharan los padres de quien oficiaba de anfitrión esa noche. Como si no supieran en lo qué andábamos.

Lo loco era que después de tanta espera, apenas terminaba la primera escena la mayoría se retiraba, aduciendo que las porno “siempre son lo mismo” o porque “los que se quedaban a ver toda la película eran unos pajeros”. Esas eran las excusas más usadas y aceptadas por la barra. Era así que por lo general el que se quedaba hasta el final era el dueño de casa, que tenía el privilegio de poder reiterar la escena de la mina buena las veces que quisiera.

Al otro día venía lo más complicado: entregarla en el videoclub.

Costaba, pero al final siempre aparecía alguno que se encargaba de la parte amarga de la misión, que debía terminar antes de las 24 horas de retiradas porque de lo contrario te cobraban una multa cuyo monto era igual al del valor de las películas alquiladas.

Lo más raro de todo esto era que al final, después del lunes siempre llegaba el martes, y pese al sufrimiento de las esperas y devoluciones, después del picadito de la tare en el campito, alguien decía: Está bueno para alquilar unas pelis el sábado en la noche.

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Escrito por

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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