Foto cuento Denis
Por Daniel Escobar (Ver perfil del autor al final del post)

Siempre es emocionante presenciar las primeras actuaciones y representaciones teatrales de los hijos.

Esas que con ocasión de alguna celebración cívica o religiosa se prepara en guarderías, jardines de infantes y escuelas públicas y privadas, como una suerte de primeros pinitos en la formación ciudadana del futuro de la patria.

Habemos, como en todo, ciertos críticos de esta inercia educativa (“comemierdas” para la generalidad, y a veces para nosotros mismos) que año a año cuestionamos la repetición de la representación de gestas y ritos que si bien conforman la tradición popular, se ejecutan sin un ápice de criterio por parte de los profes y la sociedad en general sobre lo conveniente o inconveniente a inculcar en la mentecita de nuestros pequeños, expuestos a ser formados como simples consumidores de la fecha de ocasión y sus productos.

Regalo en mano y sonrisa en rostro. “Feliz San Valentín, Feliz día de la Madre, del Padre, del Niño, de la Mujer, Independencia, Fundación, Cumpleaños, Hallowen, Navidad, Año Nuevo.

Pero como diría alguien (publicista seguramente), “emoción gana a razón”, y lo dicho: hasta para los comemierda es emocionante presenciar las primeras actuaciones de sus hijos.

Entonces llegado el día, abuelos, tíos, primos, vecinos y demás allegados que vieron crecer a los y las debutantes abarrotan los pequeños salones de actos con actitud de invitados especiales a la premier de alguna película galardonada por la Academia. Claro que a falta de alfombra roja y personal de protocolo les tocará acomodarse en las primeras sillas vacías que encuentren dispersas por aquí y por allá.

Por supuesto que eso se aplica sólo para quienes pudieran llegar tarde por cuestiones contrarias a su voluntad, pero esta visión (mejor dicho “sensación”) la tengo impregnada gracias a mis padres, dignos representantes de la cultura popular del atraso, a los que en muchas ocasiones oí frases como “nunca los actos empiezan a la hora que dice la tarjeta”, o “para qué vamos a llegar puntuales si habrá que esperar al resto”. Incluso no faltaron las veces en que tuve que contarles sobre mi actuación porque se la perdieron, o peor aun cuando fue necesario interceptar al bus del paseo escolar en plena carretera para que yo pudiese trasbordar.

Pero bueno, esta historia no trata sobre la virtud de la puntualidad. Sólo basta decir que pondero el relax de mis padres ante la vida y dejo a ellos mismo el cuestionarse si Dios nos hubiese ayudado más por madrugar un poco.
Por mi parte con los años fui superando esos episodios incómodos, asimilé cierta vergüenza y pulí la costumbre del atraso. Puedo decir que en relación a mis padres he logrado reducir el tiempo de atraso a la mitad. Con tanta tecnología, no faltaba más. Espero que mi hija lo logre otro poco.

Entonces llegado el día y al lugar, digamos Quito el pasado 23 de diciembre, en la guardería de mi pequeña Corina, la sala abarrotada y las narices en alto, las nerviosas mamás (poseedoras de algún pase VIP que les permite atravesar impunemente la cortina que separa el salón de los improvisados camerinos) blandían cepillos y pistolas de silicona para dar los últimos toques al peinado y al atuendo de su respectivo pequeñín, que seguro era el más guapo, inteligente, ágil y/o gracioso del grupo.

Esta vez debimos disfrazarlos de peces. Seguramente se trataba de una coreografía alusiva al villancico “Los Peces en el Río”. Lo cierto es que durante las cuatro semanas anteriores las profesoras y los niños la preparaban en el más estricto secreto de Estado. No quisimos preguntarnos las suertes aplicadas para la asignación de papeles (una virgen, un ángel, varios pastores y otros tantos peces), y manos a la obra!, a diseñar el pescado ese. Luego supimos que el papel protagónico de la Virgen María se lo dieron a la alumna más antigua, quien durante la coreografía permanecía sentadita con ademán de peinar sus dorados cabellos negros.

Ya durante el acto, y para mi consuelo, fue evidente la rotura de cabeza a la que nos sometieron como papás. Fácil pedirlo, hasta pensarlo, pero ya a vísperas del evento, ¿cómo fabricas un traje de pez? Resultado: unos niños con pijamas de las que se desprendían figuras de fomix que pretendían parecer aletas de pez. Unos menos peores que otros, y de los que podía rescatarse el esfuerzo paterno para hacerlos.

Sin importar eso más que el “Meri Crismas” de papel brillante pegado en el fondo del escenario, los papás estábamos apostados a un costado del pequeño escenario, luchando cortésmente por el mejor ángulo, y luciendo una carga tecnológica que incluía cámara fotográfica, handycam, teléfono inteligente y el de la pareja, por si acaso fallara alguna batería. No faltó algún abuelo con su filmadora Super VHS al hombro buscando una toma corriente.

Y pensar que el destino de tan magistral material multimedia es el olvido. Si antes no hemos aburrido a la familia y otros incautos con la interminable presentación de fotos y videos del último evento (“…y esta medio borrosa es cuando casi logra el giro…”), en unos lustros, antes de resetear el disco duro de la compu, seguro nos encontraremos con una carpeta llamada “NAVIDAD2014”, y nos sorprenderemos de cuánto hemos cambiado, de la ropa que lucíamos y del fulanito que ya pasó a mejor vida.

Pero lo más trajicómico de este episodio navideño fue el cordial pedido hecho por el dueño del Centro de Atención Infantil de la cuota anual para comprar los juguetes que recibirían los niños de parte de la guardería… y de los papitos. Ya el año pasado habíamos recibido la sorpresa de una muñeca meona (que orina) dizque como entrenamiento para ir al baño. No sé qué tanto habrán aportado a ese entrenamiento los carros y pelotas que recibieron los varoncitos de la misma edad.

En todo caso había que sugerir que este año hubiera criterio para la compra de juguetes, obteniendo una respuesta preocupada y afirmativa, satisfactoria podría decirse. Los niños recibirían juguetes uniformes y didácticos. ¡Rompecabezas para todos! Efectivamente así fue. Rompecabezas (puzles) con diseño de princesas para las niñas y de superhéroes para los niños. A ver si soy un poco más específico para el próximo año.

Finalmente otro de los pedidos fue que le proporcionemos una botella vacía de cola (soda) de un litro y medio, la que con unos cuantos toques de papel maché y pintura se convertiría en un lindo y ecológico recipiente de golosinas. El loable objetivo era inculcar desde ya en los peques la idea de la reutilización y el reciclaje, tan necesario y en boga hoy en día.

Orgullosamente le dije que hace tiempo en casa habíamos dejado de comprar gaseosas y evitábamos en lo posible los envases plásticos, por lo que me sería difícil darle la botella requerida. Por un momento me sentí un paso adelante de la vanguardia. No esperaba un aplauso, pero tampoco una respuesta tal. “Un dólar nomás cuesta en la tienda de la esquina”.

En aras de la integración social de mi pequeña, no vaya a causarle un trauma de los que emergen en la adolescencia, haciendo de tripas corazón fui y compré la gaseosa para reciclar la botella y saldar de una vez este conato ecológico infantil (sin alusiones políticas). Efectivamente se notó el esmero en la manualidad. Las botellas se habían convertido en “tradicionales” Papá Noeles con su gorrito y todo.

En fin, disfrutamos de un emotivo acto navideño donde además del árbol de Navidad, regalos, disfraces despegados, golosinas, pizza, y gaseosas para brindar, pudimos ver los muchos o pocos dotes artísticos nuestros y de nuestros retoños que a esa hora ya andaban con hiperglucemia, así como constatar las buenas intenciones de la metodología parvularia ecuatoriana, que ya va preparando el repertorio de coreografías y pedidos para lo que será el Carnaval.
Que alguien lo niegue. Es emocionante presenciar las actuaciones y representaciones teatrales de los hijos… propios.

 

DennisPerfil del autor

Nuestro invitado de hoy es ecuatoriano y se llama Daniel Escobar. Él es abogado, músico, escritor y un apasionado por las motos.

Él ya escribió en semecanta.com (Antiguas perspectivas para nuevos desafíos), y hoy nos deja un post con el que muchos padres, para bien o para mal, se sentirán identificados.

¡Buen provecho!

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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