La Taba
Por Luís Aguilar (Ver perfil del autor al final del post)

Tomo una estrofa de la letra de un conocido tango que dice “Un boliche como tantos” y titulo estas memorias, de un tiempo lejano, pero presente en mí y vaya uno a saber, en la mente de cuantos veteranos, que como yo peinan canas.

Comienzo por decir que a la fecha cuento con sesenta y siete pirulos, carnavales, primaveras, o cómo guste usted decir, para mí, por la nieve de mi pelo, diría inviernos.


Le voy a contar las memorias que tengo, de mi adolescencia, cuando como la gran mayoría por aquel entonces, concurríamos a los “boliches”, casi único entretenimiento existente.

Incentivados por nuestros mayores, quienes nos decían, en esos lugares, se aprenden muchos secretos de la vida, que le servirán de futuro, sabe amigo –agregaban- es la mejor escuela para usted, ya lo verá, ya lo verá, y eso –agregaban- que ahí no tenemos quilombo.

Con apenas 17 años, (por aquel tiempo, una edad demasiado precoz, para esas andanzas), les cuento de mi primera experiencia, para mayor información, sepan soy nativo de la capital del país, o sea Montevideo, pero por razones de vida fui a parar a los casi 8 años a un paraje conocido como Colonia América, en el departamento de San José, en cuya capital vivo actualmente.

Como único medio de transporte de la época, monté a caballo y me dirigí al citado “boliche” de la zona, que no era otra cosa que un almacén y bar de ramos generales, como así se le llamaba, dado que te vendían desde un alfiler a lo que necesitaras y te atendían en la otra punta del mostrador, en lo que venía a ser el “bar”.

Llegué un sábado por la noche a eso de las 20 horas, ideal para asistir, con fines de divertimento y algún buen trago. Até el caballo al palenque y raudamente dirigí mis pasos al interior de aquel mundo desconocido, pero ansiado profundamente por mí.

Traspuse el umbral de la puerta de madera de dos hojas, una superior y otra inferior, rancho de paredes de barro, techo de paja, como no había luz eléctrica ni cosa que se le parezca, alumbrado a candil, que no era otra cosa más que un frasco lleno de keroseno, con un pedazo de franela, proveniente casi siempre de un viejo calzoncillo o camiseta afelpada en desuso del dueño del negocio, que hacía las veces de mecha, al impregnarse en keroseno la citada mecha ardía y producía luz artificial, además de un repugnante olor y humo emanado por el petróleo usado, lo que obligaba a, en pleno invierno, dejar alguna abertura entreabierta para ventilar la cosa.

Como buen principiante y dándome aires de experto conocedor, me recosté al mostrador y pedí se me sirviera de esta forma; “Mozo, sirva una caña cortada, gracias”, el barman que no era otro que el dueño, con una indisimulada sonrisa me sirvió el trago solicitado, a la vez que me interrogó de esta forma; ¿Solo y por primera vez por acá amigo?, tenga cuidado, lo van a ver debutante y no será fácil para usted. Eso echó por tierra mi pretensión de hombre de boliche.

Había en el largo mostrador, en la sección bar, varios parroquianos, los que hablaban animadamente y hasta alguno que otro discutía. Al parecer, según agarré el hilo de la cosa, unos por fútbol, cuándo no, otros por política, ni hablar infaltable tema, a la hora de las copas otros desangraban ya absorbidos por el alcohol, alguna pena de amor, o referían lo mal que se encontraban económicamente, también era tema el de algunas amistades frustradas, en fin, de todo lo común en dicho lugar.

En la otra punta la esposa y las dos hijas atendían las compras de ramos generales, tales como comestibles, entre los que figuraban por ejemplo, pan, fideos, arroz, carne, tocino, gofio, polenta, etc. O también calzado, ropa, útiles de cocina o de estudio, etc, etc., sería muy larga la lista como para seguir enumerando lo allí vendido.

Desde el medio del enorme salón hacia los costados varias mesas servían, para que los parroquianos que jugaban al truco, la conga, y demás juegos de naipes, tuvieran su espacio. Ya en el fondo del local, un viejo billar servía para que los amantes del casín hicieran las demostraciones de buen juego, que en verdad, era poco, diría más bien malo.

Si salías para el baño al fondo, encontrabas que en una pieza, muy bien disimulada, donde se timbeaba a las cartas, o sea se jugaba por plata, bastante fuerte casi siempre, predominando el “Monte”, “Nueve” o “Julepe”.

Más atrás aún había una cancha de tierra para bochas, donde los más veteranos y/o pasivos, en su forma de divertirse pudieran despuntar el vicio. Al costado una cancha de “taba”, para otros amantes a ese tipo de timba. Y unos metros más al fondo, alambre mediante, una cancha de fútbol.

He aquí mi mayor asombro, como era noche de luna llena, y aunque usted no lo crea, ambos escenarios deportivos tenían actividad con parroquianos que se divertían casi a oscuras, o sea sólo con el resplandor de la luna.

En fin sólo quería pintar y contarles algo de tiempos pasados, que como siempre digo, no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor, y si no analice la forma de comprar y divertirse, y la hora en que se podía hacer. Sí es cierto había otros valores, respeto, pero la vida era mucho más sacrificada y llena de privaciones que la de hoy en día. Quizás más adelante en el tiempo les cuente algunas sabrosas anécdotas y vivencias de esa época, pero eso será otro tema.

Hoy quería referirme a los citados “boliches”, que si analizamos su conformación, teniendo en cuenta la época a la que nos referimos, venía a ser algo así como el Shopping del momento, pequeña diferencia, ¿no?

 

Luis AlbertoPerfil del autor:

Se llama Luís Alberto Aguilar Palermo y es comentarista de fútbol, función que ha desarrollado durante años (muchos años) en diferentes medios de comunicación, siendo considerado uno de los tipos que más sabe del deporte rey en el departamento de San José en Uruguay.

No voy a olvidar nunca cuando comentó una serie de partidos con unos lentes que tenían uno de los cristales astillado en tres partes. Sin duda eso era como tener diferentes cámaras instaladas en distintos puntos del estadio y creo que esa era su gran clave para no perderse ningún detalle de lo que pasaba en la cancha y fuera de ella.

En definitiva, hoy a semecanta.com llega un gran observador de lo cotidiano, y nos deja este magnífico relato que describe un mundo que ya se fue.

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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