Fredy
Fredy García

En el rancho de Fredy las charlas valen más que todo el oro del mundo. Debe ser por ese que al dueño de ese lugar, Fredy, lo que más le preocupa es que algún “rastrillo” le robe la garrafita a gas de tres kilos. Materialmente eso es lo más cotizado del inmueble enclavado en calle Zudañez entre Chucarro y Pelossi, pleno barrio Colón de la ciudad de San José de Mayo en Uruguay.

La puerta azul de chapa con cadena y candado como método de seguridad, el ventanal con rejas en rombos, las paredes grisáceas por la falta de pintura y el paso del tiempo, y el techo a dos aguas, ese que cuando las gotas de la lluvia golpean invitan a quedarse en silencio, escuchando, y viendo al agua que cae a los lados, como imitando las lágrimas secas de dificil infancia de Fredy, esas que sólo él sabe que están, pero tapa con sonrisas externas.

El ingreso al rancho no es menos encantador. Un pasillo con una chimenea llena de hollín de fuegos viejos que ya no se repiten, y al final de ese pasadizo un baño extenso con tasa turca, la ducha con termofón (porque ser pobre no es sinónimo de ser miserable o sucio), un par de baldes que ofician de cisterna y, precisamente, una cisterna en el suelo, abierta en su parte superior es la papelera.

Otra de las habitaciones es el dormitorio, amoblado con una cama, un colchón hundido, las sabanas y un par de cobijas. Una mesa de luz sin portátil y un roperito en el que las prendas parecen colgar de manera perpetua, como las citas que no se van a concretar porque el tiempo se vino arriba y con él el cansancio y la resignación de la juventud perdida.

A mí lo que más me gusta es la cocina, que también es sala de visitas. Es ahí donde se dan las charlas interminables. Esa psicología de amigos y de penurias que se ahogan en algunos vasos de vino tinto o cerveza. En ese espacio, nuestro espacio, el de los pibes y no tan pibes errantes, es donde pasa la vida entre reflexiones, consejos y aceptación de nuestras miserias.

Esa habitación está amoblada con una mesa blanca de plástico y una silla del mismo estilo. Completan el juego un par de sillas plegables de madera, esas que dicen Pilsen en el respaldo. Un sofá blanco de un cuerpo, que por esas cosas de la vida terminó ahí, tres banquitos y la mesada con canilla. Una repisa de madera en la que esperan las ollas y utensilios de cocina, el bargueño con mil bolsas de nylon, botellas viejas y cosas, esas cosas que van quedando y sólo están ocupando lugar, pero no están de más, también suman a la magia. La heladera roja guarda las bebidas y un poco de comida para recalentar y, posada sobre ella, la vieja radio rectangular marca International, sintonizando al “Teco” en Radio Carve, la quiniela en la Montecarlo o el informativo de “la 41”.

El perro “Murry”, compañero fiel e inseparable del dueño, mira con recelo a los visitantes mientras charlan, y se precipita a la calle por la puerta siempre abierta al mínimo sonido de vehículo, ladrando y ligándose alguna que otra patada que lo obliga a volver a su rincón o a la silla con almohadones que su amo le cede.

Una gata negra de ojos saltones y amarillentos intimida a la visita, pero se “ablanda” ante la mínima caricia. A un costado y siempre lista está “La Caballa”, la vieja bicicleta que en noches de bohemia se hace uno con Fredy, uniendo el rancho con la sede de Atlánta el Gráfico, el bar del “Boñato” o el almacén de “la Martha”.

Hace algunos años en el rancho funcionó un bar que permaneció abierto más de una década. El lugar era frecuentado por muchos personajes del barrio. Aperitivos, comidas, timba, se fumaba adentro, de esos bares ahora ya casi no quedan. Era nada más ni nada menos que “El bar del Fredy”, una marca registrada en el barrio.

Alguna que otra pelea se armó ahí adentro, pero poco tenía que ver el anfitrión que a lo único que se remitía era a trabajar. Muy bueno Fredy, tanto que esa benevolencia lo llevó a la ruina. Fue muy flexible con algunos parroquianos que, ante la falta de plata, le pedían el famoso y letal “fiado”.

“Aguantame hasta el fin de semana”, le decían. Hasta hoy está esperando el pobre, él los esperó a ellos, pero los que no esperaron fueron los “proveedores” y pagar había que pagar, y como se pudo se pagó, pero el bar finalmente cerró sus puertas.

De aquellos tiempos sólo quedan un par de maderas colgadas contra la pared oficiando de repisas que ahora son el soporte principal de varias telarañas. Junto a ellas un cuadro de Uruguay campeón de América 1995, uno de Nacional de la década del 90 y otro del Club Deportivo y Social 33 de San José de Mayo.

Ahora siguen cayendo al rancho algunas caras como la mía, Pablito, “Juampi”, “El Canario” y “El Ahijado” por citar algunos. “El Barba” y “El Juanillo” que iban seguido decidieron pasarse al otro lado de la barra.

Hoy el Fredy sigue haciendo changas de albañilería, cargando con el peso de los años y el dolor de la pierna derecha que, cuando hay mal tiempo, duele tanto como la soledad, esa que se disfraza pero sigue ahí, estoica, como el rancho de calle Zudáñez, con la puerta azul y siempre abierta que invita a entrar una y otra vez.

Si vos que ahora lees esto llegas a pasar por ese lugar y mirás para adentro, es muy probable que divises una niebla de humo de cigarro en la cocina, respires el olor a comida de olla, escuches el murmullo de alguna conversación o la tos seca del dueño de casa.

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Escrito por

semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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