Antes, por los 80 y principios de los 90, los pibes del barrio Colón teníamos nuestra playa privada: “El Pozo”.

Así le llamábamos a la parte más profunda del arroyo Mallada, un curso de agua que atraviesa la ciudad de San José de Mayo en Uruguay.


Estaba ubicado en un campo grande, entre las calles Barreiro y Ellauri. Por aquellos tiempos, en la última calle nombrada, todavía no existía el puente que en la actualidad comunica al barrio con la ruta 3, por lo que el barro ganaba metros y llegar al arroyo en épocas de otoño e invierno era todo un desafío.

Si se optaba llegar por calle Barreiro la cosa era otra, el camino era más accesible y siempre se podía ver a la familia Mora trabajando el barro para hacer ladrillos. Los caballos en el pisadero y los hornos como mini-volcanes alzando, como brazo al cielo, el humo de lo que después se convertiría en paredes que darían forma a muchas casas que aún hoy se mantienen intactas, tanto en la vecindad como fuera de ella.

Antes era común ver apereas (son como unas ratas sin cola), culebras, garzas y hasta liebres en esa zona.

El “Nana” era de los mejores cazando. Siempre, al regresar del Pozo, traía consigo algún “trofeo de guerra” que exhibía ante la mirada asombrada de los demás gurises que lo acompañaban o que lo esperaban arriba, en “el Campito” de las calles Chucarro y Miguel Barreiro.

Si hablamos de fauna del lugar no podemos obviar lo que más nos atraía del Pozo: la pesca.

Ese lugar era mágico. De ahí salían anguilas de porte imponente, tarariras, bagres, mojarritas, “cabezamarga” y dientudos, de todo había en ese ojo de agua de pocos metros.

Ese era nuestro polideportivo. En el pozo nadábamos y disfrutábamos como en la mejor piscina olímpica. Además en el campo se podía jugar al fútbol, correr, descansar o remontar cometas. Lo que te imagines se podía hacer en el campito que tenía como epicentro a “El Pozo”.

También era un excelente lugar para esconderse, tanto así que no sólo los niños lo utilizábamos para ocultarnos, también muchos adultos en las noches se escondían con sus enamoradas de la mirada chusma de los enemigos del amor furtivo, y algún que otro ladrón también encontró refugio entre las chilcas.

Libélulas, ranitas, pajaritos de todo tipo como gorriones, chingolos, cardenales, benteveos, cabecitas negra y palomas. Ese lugar era mágico y estaba muy cerca de quienes vivíamos en el barrio Colón.

Algunas noches llegamos a quedarnos a pescar. Hacíamos una fogata y tirábamos las boyas con “El Toto” que era (y es) como el jefe en esas lides del arte pesquero barrial.

En esas noches mirabas al cielo y éste te regalaba una luna brillante y un montón de estrellas que volvían el momento en algo único e impagable. Si te quedabas en silencio podías escuchar el ruido de alguna moto que andaba por el centro de la ciudad y el peso imponente de las ruedas de los camones avanzando por el asfalto de la ruta 3.

Todo era perfecto. El olor del pasto fresco, la silueta de las ramas de los árboles como fantasmas vigilantes de ese lugar, y el sonidito del hilo de agua que corría entre las piedras como queriendo arrullar a todo ser que acertara estar en ese campo.

También se dieron historias tragicómicas entorno a El Pozo. Como ejemplo contaré una de ellas, protegiendo la identidad de los protagonistas, dos pibes (hoy hombres) oriundos del barrio Colón.

Hace algunos años -en el año 1999 aproximadamente- dos de estos chicos se encontraban bebiendo en un conocido bar cercano al barrio que también es muy conocido y concurrido, aunque quien lo atendía por aquel entonces ya no está más tras la barra y dio paso a nuevas caras.

La invernal noche avanzaba entre copa y copa y el dinero se iba yendo de los bolsillos como el vino de los vasos. Cuando advirtieron esta situación orquestaron rápidamente un plan en procura de salir de ese estado apremiante en el que se veían inmersos.

Fue así que “ficharon” a un veterano, un viejo que andaba en bicicleta y que era conocido en la noche por su destape homosexual, “un viejo puto” según lo denominaban los parroquianos que no decían gre-gre para decir Gregorio.

Los muchachotes pusieron en marcha su plan. Invitaron al viejo una copa que pagaron con las últimas monedas que les quedaban. Se acodaron a la barra y comenzaron a charlar amenamente en plan de conquista.

Después de algunos minutos llegaron a un acuerdo, ambos brindarían “sus servicios” de amor, por un pago de 400 pesos.

El negocio era el siguiente, irían hasta “El Pozo” en el arroyo Mallada, el “contratante” abonaría 200 pesos de manera adelantada y completaría con los otros 200 la suma acordada, una vez culminada la labor de estos dos gigolós improvisados por la necesidad alcohólica.

Pagaron en el bar y salieron los tres. El viejo con la bici “de tiro” y junto a él los dos pibes.

Llegaron al campo del Mallada por calle Barreiro. El viejo dejó su bicicleta contra el alambrado y se adentraron en el predio. Quedaron parados frente a “El Pozo” y comenzó el manoseo previo a la manifestación máxima del amor pagado.

Fue en ese momento que estos dos muchachos le dijeron:

– “Bueno, habíamos acordado que nos adelantabas 200 pesos. Ponéte y después completá lo otro”.

El viejo sacó la billetera, abonó los 200 pesos y comenzó a desvestirse, cuando él tenía los pantalones bajos maniatándole las piernas y la camisa abierta exponiendo toda su humanidad al aire helado de julio, uno de los muchachos le gritó al otro:

– “¡AHORA!”

Acto seguido, el otro pibe le pegó un manotazo abierto en las costillas al veterano que, con las piernas enredadas en los pantalones, fue a dar directo al agua.

A correr. Los dos guachos salieron como cohetes en la noche atravesando el campo, llevándose por delante chilcas, cardos y ramas para saltar como atletas olímpicos el alambrado que delimitaba la frontera que los separaba de la calle, vía que les permitió darse a la fuga rumbo a la ruta 3, en el borde del barrio por definirlo de alguna manera.

Pasado un rato y mientras se sacaban los abrojos que se les habían prendido de la ropa, se dispusieron a regresar. Avanzaron por calle Barreiro y al llegar al Campito, a unas cuatro cuadras de distancia, se encontraron con el Toto, testigo de mil historias del barrio y que en ese momento se encontraba recostado contra la pared de la casa del Nana. Lo vieron y le preguntaron:

– ¿Toto, no has visto nada raro?

Y el Toto, sin dejar de jugar con un palito que tenía entre sus manos les respondió:

– No. Ah, recién pasó un viejo empapado y a las puteadas. Llevaba una bicicleta de tiro.

Después de eso, y con la seguridad de que el viejo no se había ahogado, los dos pibes volvieron al bar y siguieron chupando hasta el amanecer.

Esta es una de las tantas historias que tuvieron a “El Pozo” como principal escenario.

En realidad ese lugar se conserva hasta hoy, el asunto es que ya nadie le da tanta bolilla y pasa desapercibido. Lo tapan las chilcas y más lo tapa el olvido y la ignorancia.

Los pibes de ahora ya no son como los de antes. Los métodos de diversión han cambiado y se prefiere la playstation y el Facebook antes que las cometas y las cañas de pescar hechas con una tacuara, tanza, un anzuelito y una boya de ceibo.

Pese a esto les voy a dejar un regalo. Un secreto de algo que estimo, en breve va a desaparecer por la construcción de viviendas y el devenir de mucha gente que apagará algunos sonidos que aún hoy son mágicos.

Si en las noches de primavera o verano vas por las calles Barreiro o Ellauri, al llegar a los puentecitos que están a pocos metros de la ruta 3 te tenés que detener. Una vez ahí cerrá los ojos por un par de minutos y, como por arte de magia, comenzarás a oír un concierto de ranas que suenan como piedritas chocando entre sí, un hilo de agua que corre entre las piedras emitiendo un sonido similar a la canción de cuna más dulce, la luna y las estrellas deslumbrando como ayer y el olor del pasto perfumándolo todo.

Sentirás los rezongos lejanos de las motos en la ciudad y el rugir de las ruedas de los pesados camiones que pasan por la ruta 3, que como estos recuerdos y vivencias, se alejan y se van, se van, se van…

-x-

Esto lo escribió: César Reyes

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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