campito“La Tahona”, “El Campito” y “La Barraca”, esos eran los escenarios deportivos en los que se disputaban los partidos de los años 80 y 90 en el Barrio Colón de San José de Mayo.

“La Tahona” era la canchita de “El Colón”. Estaba donde hoy se encuentra el salón comunal del barrio, en la esquina de calles Pelossi y Ellauri, frente a la plazoleta y la parroquia “Nuestra Señora de Fátima”.

Ahí jugaban los mejores pibes del barrio; los Scaglia, Bares, Cabrera, Flores y Ramos, por citar a algunos.

Volaban. Jugaban bien y peleaban mejor. Enfrentarlos era un riesgo en todo sentido, podías salir goleado o lastimado en caso de osar ganarles, cosa que de por sí era difícil.

Ellos llegaban a jugar partidos con los del “Campito”, pero por lo general apuntaban más alto, inscribiéndose y disputando campeonatos lejos del barrio, como la “Placita Sarandí” donde se medían con rivales peligrosos (en todo sentido) y de primer nivel como lo eran “El Cementerio” o “El Berral”.

Si nos dirigimos más al norte en el Barrio Colón llegamos a “El Campito”. Acá jugábamos nosotros, los Montes de Oca, Suárez, Pérez, Cabrera, Casaña, Laca, Carlini, Reyes, Miranda y Mora.

Éramos los típicos pibes de barrio, no éramos pesados como los del Colón, pero nos hacíamos respetar. Nuestra cancha, “El Campito”, aún existe y sigue siendo escenario de match protagonizados por la sangre nueva del barrio. Está ubicada en la intersección de las calles Barreiro y Chucarro.

Voy a detenerme en un jugador: “El Totito Gómez”.

Este player tenía la particularidad de jugar en la delantera pero con características del más aguerrido defensa, por ende, atravesarse en su trayecto a la línea de gol era lo más parecido a un suicidio.

Agarraba la pelota en el medio de la cancha, agachaba la cabeza y, no sé cómo, se entreveraba la guinda entre los pies, encaraba para el arco y avanzaba, avanzaba y avanzaba, tanto, que se llevaba por delante a defensas y arquero, aseguraba el gol entrando al arco él junto con la pelota.

Como no había red, el Toto quedaba estampado contra la pared de la casa del Nana, dando un golpazo que, automáticamente, arrancaba una puteada sublime de Ester, señora dotada de una voz magistral para los insultos.

Esta señora ha puteado desde el momento en que fue madre, con decirles solo los sobrenombres de los hijos comprenderán el grado de minchaje; Pepo, Nana, El Quiko y la Quika.

Otro personaje de ese escenario era doña Elvira. Varias pelotas murieron a manos de esa señora. Su casa quedaba cruzando Chucarro, a unos cinco metros de donde nosotros jugábamos. Toda pelota que caía en su patio invariablemente tenía como destino un cuchillo atravesado que, como un soplo profundo, le hacía largar todo el aire que la llenaba.

La venganza llegó una tarde cuando “El Poto”, en una corrida magnífica, empalmó la pelota en su pie derecho y la mandó justito al medio del contador de la UTE que estaba fuera de la vivienda.

Antes los contadores eran más grandes que los de ahora y estaban fabricados como de un hormigón finito, por lo que automáticamente se convirtió en escombros y el campito, en desierto. Todos salimos corriendo. Si habrá sido seria la cosa que hasta la policía vino a nuestro recinto deportivo a hacer “averiguaciones”.

Por último llegamos a “La Barraca”. Este escenario deportivo estaba, como su nombre lo indica, pegado a la barraca que se encontraba en calle Pelossi y Pieri, detrás de donde vive el maestro José Luis Álvarez.

En ese terreno oficiaba de local el equipo “Del INVE”. Ellos eran como los elitistas del barrio. Nenitos que reunían todas las condiciones para ser del centro, pero a los que la geografía les jugó en contra. Ellos siempre tenían los últimos modelos de camisetas y los botines de fútbol relucientes, no obstante, siempre fueron hijos nuestros, de los del “Campito”.

Una vez jugamos un campeonato, en realidad era un mano a mano, solo eran ellos y nosotros. Era a dos partidos y en caso de igualdad en puntos se jugaba un tercer encuentro. La verdad éramos unos adelantados en lo organizacional.

La cosa fue que el primer partido lo ganaron ellos, el segundo nosotros, y el tercero fue un caos. Interminable fue ese partido. Se jugó como a 20 goles. Al final ganamos nosotros y nos hicimos con el premio mayor: TRES SOBRES DE JUGOLÍN SABOR DURAZNO DE DOS LITROS.

Recuerdo que los preparó Irmita, la mamá de Juan Pablo, Francisco y Felipe Pérez. Había que ver a unos 10 pibes con una especie de bigote amarillento de tanto tomar Jugolín, bajo el sol a plomo de enero recorriendo toda la vecindad y sobrando a los perdedores que a pico seco nos miraban pasar.

Ni el estomago nos dolía, era como que estábamos inmunizados de tomar agua caliente de la canilla, el Gatorade de aquellos tiempos.

Por suerte aún hoy varios campitos siguen vivos en el barrio. Ya no está la cancha de El Gráfico en calle Santiago Vázquez ni “La Tahona”. Tampoco está “La Barraca” ni el campo comprendido entre las calles Vázquez, Ellauri, Chucarro y Zudañez.

Ellos cambiaron las corridas de los niños por viviendas. Pese a ello, aún hoy se puede ver alguna que otra pelota rodando en “El Campito” o en “El Molino”, que está contra lo Aldáz, en la intersección de las calles Vázquez y Giampietro, o frente a él, en la histórica placita de “El Ombú”, que ya no tiene al histórico ejemplar vegetal (que en realidad tampoco era ombú) ya que se vino abajo hace ya un tiempo.

En esos lugares también se puede ver dos por tres a algunos pibes soñando con ser grandes jugadores, como ayer nosotros soñábamos con ser “El Enzo”, “El Vasco” Ostolaza, Alzamendi, Paolo Montero o Fernando Álvez.

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semecanta

César Reyes nació en San José de Mayo, Uruguay, el 16 de noviembre de 1982. Es redactor creativo, periodista y locutor. Lo que más le gusta es contar las historias que diariamente vive y leer las de otros que como él, escriben lo que se les canta. “En mi vida como lector he tenido la suerte de encontrarme con grandes escritores de todos los palos. Me encontré con Wenceslao Varela, con Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alejandro Dolina, Eduardo Sacheri, Hernán Casciari, en entre otros. En definitiva, leyendo me encontré con muchos grandes, pero un día escribiendo me encontré conmigo, y ahí nace esta historia del blog propio, en el que, como siempre, escribo lo que "se me canta".

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